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Los presentadores no deberían morir

"El presentador se convierte en un miembro de la familia, tiene una categoría diferente a la de un escritor que admiramos, o un actor o cantante de quienes seamos fanáticos"

Alguien debe imponer una regla en la vida, los presentadores de televisión, al menos los más queridos, nunca deberían morir. Después de los familiares, son quizás de las faltas que más echamos de menos, o de más, según se mire. Se convierten en amigos cercanos, así nunca les hayamos estrechado la mano o dado un abrazo, pero hemos sentido su cercanía a través de la pantalla de televisión.

Acaba de fallecer Fabrizio Frizzi en Italia y cuando mi esposa Patricia me lo dijo, no lo podía creer, pues estaba por verlo en un programa que nunca me pierdo, porque es mi mejor clase del idioma italiano, “L´Eredità” (“La Herencia” o “El Legado”). Siguiendo las noticias, durante el velorio y sepelio de Fabrizio, miles de italianos le rindieron un sincero homenaje, acompañando las ceremonias. No era para menos, Fabrizio Frizzi llevaba una carrera de varias décadas en la RAI, la televisión pública italiana que el día de su muerte, cambió su programación para dedicarla a recordar al presentador, caracterizado por su simpatía y sonrisa permanente.

Un sentimiento sincero de pérdida se apodera del espectador, al enterarse del fallecimiento del presentador, así aquel ya se encuentre retirado, como me sucedió al saber de las desapariciones del chileno Alejandro Michel Talento (el recordado Tío Alejandro), pionero en el amanecer de la televisión colombiana, o del legendario Fernando González Pacheco, este último el más querido y cercano para varias generaciones de colombianos que disfrutaron de su compañía. Así sucederá en Estados Unidos, cuando llegue la hora por ejemplo de Alex Trebek o Pat Sajak, populares presentadores de los legendarios programas “Jeopardy” y “La Rueda de la Fortuna”.

Al presentador de televisión, especialmente el de concursos, se le permite el ingreso a cualquier hora en nuestra sala, y no pocas veces en nuestra habitación, casi que lo acomodamos en la cama y lo permitimos, porque cuando es natural, simpático e inteligente, nos proporciona momentos de verdadero entretenimiento. Pero ante todo debe ser auténtico, no aparentarlo, una celebridad con un toque de persona normal, capaz de llorar y reír. El presentador se convierte en un miembro de la familia, tiene una categoría diferente a la de un escritor que admiramos, o un actor o cantante de quienes seamos fanáticos. Aquí no hay estridencias ni respeto sagrado, hay un sincero sentimiento de amistad y cariño.

Por todo lo anterior, nunca se mueran queridos Juanjo Cardenal y Jordi Hurtado.

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Dixon Moya es diplomático colombiano de carrera, escritor por vocación, lleva un blog en el periódico colombiano El Espectador con sus apellidos literarios, en el cual escribe de todo un poco: http://blogs.elespectador.com/lineas-de-arena/  En Twitter a ratos trina como @dixonmedellin

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