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Deporte en Qatar

"Ahora soy miembro de al Hamad Aquatics. Un edificio en el que por cierto, hay señoras y caballeros. La piscina en la que nado, por supuesto, tiene sus normas. Entre ellas, el tipo de bañador que se puede utilizar. El que yo llevo no está permitido y hasta hoy no me habían pillado"

La imagen que ilustra el texto corresponde a Hamad Aquatic Centre de Doha. (Facebook)

Susurros de Oriente

Geles Rivera
Geles Rivera

El tema del deporte es una más de esas cuestiones contradictorias que encontramos en Qatar. Por un lado, el país continúa promoviendo las competiciones internacionales y es anfitrión de numerosos eventos. De hecho, tengo varios amigos en España que me suelen repetir lo afortunada que soy por estar aquí y me dicen que ellos asistirían a todos los torneos. La verdad es que solo fuimos a los Mundiales de Balonmano. Pero sí, para lo pequeño que es el país, acoge muchos encuentros. Para muestra, el Mundial de Fútbol de 2022 para el que estamos engalanando la casa desde hace tiempo.

Para el ciudadano de a pie –supuestamente- también se realizan campañas de concienciación, pequeños eventos y hasta se celebra un día internacional del deporte, que tiene lugar el segundo martes de cada mes de febrero. En mi opinión, faltan más competiciones y eventos, pero esto es otra historia, el caso es que el país lo intenta.

Pero por otro lado, si miramos las estadísticas o si preguntamos a nuestro alrededor sobre el ejercicio que realiza cada persona, nos damos cuenta de que aquí nos movemos poco. Muy poco.  Por supuesto que hay un factor personal y que depende de lo disciplinado que sea cada uno o de la voluntad y hábitos que desarrolle. No obstante, desde mi experiencia personal, Qatar nos lo pone difícil. O al menos, más complicado que nuestro país de origen.

En primer lugar no nos movemos, no caminamos y vamos a todos lados en coche. Siempre. Bueno, menos en los centros comerciales. El resto del tiempo conducimos o nos dejamos llevar. En coche. Segundo motivo, el clima, que dificulta estar al aire libre durante muchos meses de verano. Las ocasiones en las que he salido a correr he tenido que dejarlo a mediados de abril. Y recuerdo que en España (y vivía en el Levante), he salido incluso en agosto. Otra cuestión: el urbanismo, o más exactamente, la ausencia de este. En mi primer año en Doha intenté trotar por mi barrio. Dos veces lo intenté. No hay aceras ni farolas. No puedes cruzar las calles, que son propiedad de los coches. Y, además, si vas corriendo por ahí la gente te mira con extrañeza. Corniche y la Perla son gratas excepciones.

¿Qué nos queda? Nos quedan los gimnasios. Y hay que ponerle voluntad porque la mayoría de los que estamos aquí, y sobre todo los que nos dedicamos a la construcción, tenemos horarios laborales realmente dilatados. Pero sí, nos quedan los centros deportivos. Y llegados a este punto, yo los clasificaría en dos tipos: los más enfocados a occidentales, que suelen encontrarse en hoteles u otras ubicaciones como la Perla y los más conservadores. Y estos últimos son los que yo conozco, por haber vivido siempre en la Doha profunda.

Ahora estoy acostumbrada, pero me llamó la atención el protocolo que había cuando comencé en el Aspire Ladies Club. Es un edificio exclusivamente para señoras. Cuando accedes a las instalaciones (de alto standing, por cierto), te requisan el móvil, atraviesas un arco y te registran la mochila para verificar que no introduces ningún teléfono o cámara de fotos. Las usuarias practican deporte sin hijab y esta medida evita posibles faltas de respeto por parte de las compañeras.

En las clases hay que mantener un cierto decoro en el vestir. Por ejemplo, no puedes ir con un top dejando al aire todo el abdomen. No recuerdo en qué más consistía el dress code porque la verdad es que yo siempre me ponía una camiseta ancha y unas mallas viejas. Era de las muy pocas que no iban equipadas con los últimos modelos, pero total, iba a hacer deporte. Y además, solo había mujeres.

En los vestuarios se ubicaban las taquillas, las duchas totalmente privadas, los cambiadores individuales y unos carteles muy grandes que recuerdan la necesidad de respetar las normas locales: cubrirte con una toalla si sales en bañador y nunca, nunca, cambiarte en público. Que ni siquiera te vean en ropa interior. Con el tiempo me acostumbré pero al principio me resultaba raro tanto pudor.

Y allí combiné temporadas de gimnasio, de natación y de pagar sin asistir (para qué negarlo). Pero hace unos dos meses que lo han privatizado y con ello, triplicado (literalmente) los precios. Y yo me he cambiado. Ahora soy miembro de al Hamad Aquatics. Un edificio en el que por cierto, hay señoras y caballeros. La piscina en la que nado, por supuesto, tiene sus normas. Entre ellas, el tipo de bañador que se puede utilizar. El que yo llevo no está permitido y hasta hoy no me habían pillado. Es uno de esos feos, deportivos, pero que enseñan piernas y brazos. El enorme cartel que hay en los vestuarios quiere que me ponga un pantalón encima o debajo. O que me compre un bañador de esos que cubren el muslo. Voy a confesarlo, me he metido unos leggins en la mochila por si me vuelven a llamar la atención, pero creo que las chicas que vigilan entre semana se habían dado cuenta y me estaban haciendo la vista gorda. Les voy a llevar un bizcocho y bueno, los sábados, nadaré con leggins debajo del bañador. O encima. ¡Es que además de incómodo debe de quedar horrible!

No lo he dicho, pero voy a nadar todos los días por las mañanas, de seis a siete, antes del trabajo. Y así ha transcurrido ya un mes. Para mi sorpresa, porque no confiaba yo mucho en mí misma. Pero Qatar tiene una buena energía desde que ha terminado el verano y estoy animada, así que seguiré. Con leggins o sin ellos.

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La imagen que ilustra el texto corresponde a Hamad Aquatic Centre de Doha. (Facebook)

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En horabuena. Vivo en Saudi, en la provincia de Jubail y siendo algo más específico en Royal Commisisioning Al Fanateer area, que es un condado bastante occidentalizado (valga el término). Desde hace tres años que salgo a correr, casi siempre por la patrol road de los parques y corniche. Las veces que he querido hacer distancias más largas (más de 12 kmts) me ha tocado experimentar nuevas rutas que incluyen atravesar una que otra calle y nunca deja de ser un peligro, porque los conductores ven a uno como una especie de extraterrestre y las reacciones suelen ser de todo tipo: desde el que toca la bocina y te aupa hasta el que acelera el carro y te asusta. Eso si, de tres años para acá la cantidad de saudis que se han unido a mi actividad no pasa desapercibida y eso hay que celebrarlo. Ahora es normal, bien sea en la mañana o en la tarde, ver a uno que otro local trotando o caminando a paso de vencedor.

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