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Qatar, dulce hogar

"Tan enfrascada me hallo en mi día a día, que pocas veces me paro a pensar en todo el avance que ha hecho Doha desde el día que llegué, hace ahora casi cuatro años"

Susurros de Oriente

Geles Rivera
Geles Rivera

Creo que casi todos estaremos de acuerdo en que a nuestro país de acogida se le profesa un doble sentimiento de amor y de desdén. Ambos se encuentran presentes pero solemos compartir más en voz alta las cuestiones que nos despiertan menos cariño. Somos así… nos gusta quejarnos. Y yo, la primera. Lo reconozco. Para los emigrantes, la tierra donde transcurren nuestros días nos exige un precio y no solo por su parte más intrínseca, sino porque a ella culpamos de añorar aquella que nos vio nacer.

Por otra parte, todos los lugares ofrecen su cara más amable y también la menos dulce. Incluso, los que menos imaginamos. Hace unos meses estuve de vacaciones en Bali. Fui sola, por cierto, quizá en otra entrada pueda hablar sobre aquel viaje… El caso es que cuatro de esos días los pasé en una pequeña isla llamada Trawangan. A mí me pareció el paraíso. Era un pedazo de tierra perdido en medio del Océano Índico. El tráfico motorizado no existía. Solo te podías desplazar caminando, en bicicleta o en unos carros empujados por mulas a los que llamaban taxis.  Mi instructor de buceo era español e hicimos amistad. Cuando le comenté lo afortunados que eran por vivir allí me contestó que esa sensación dura un mes. Tras este período, uno se siente encerrado en la isla. Los mismos lugares, los mismos chiringuitos, los mismos centros de buceo. Y nada más. Nada más que hacer. Él y su novia pasarían unos meses más y cambiarían de destino, el paraíso empezaba a cansarles.

Todo esto lo vengo a decir porque cuando nos lamentamos de Qatar, de Oriente Medio o cada uno del lugar que pise, no es más que una cuestión relativa. Si volviéramos a España hoy, habría muchos aspectos que echaríamos de menos. Además, no nos quejamos con inquina, sino como un ejercicio para aliviarnos -en parte- de nuestros fastidios. O, al menos, este es mi caso.

No suelo dedicar muchas líneas a escribir sobre lo positivo de estas latitudes. Y tan enfrascada me hallo en mi día a día, que pocas veces me paro a pensar en todo el avance que ha hecho Doha desde el día que llegué, hace ahora casi cuatro años.

En primer lugar, a nivel de infraestructuras. Aunque nos molesten las obras, estas traen sus frutos. La ciudad y el país se siguen construyendo en tiempo real. Y tan pronto como entra en funcionamiento un nuevo puente, carretera o conexión, nos olvidamos de los rodeos que tuvimos que hacer o del tráfico que anteriormente debimos soportar. A nivel de infraestructuras Qatar se está desarrollando a un ritmo frenético. Y se nota.

Otro aspecto del que mucho nos hemos lamentado –y aun lo hacemos- es el tráfico y la agresividad de los conductores. Pero este ha mejorado significativamente. Por una parte, por la mencionada mejora de las infraestructuras. Y por otra, la concienciación de los usuarios. Aunque sea a precio de multa. ¿O cómo adquirimos nosotros muchos de nuestros hábitos si no fue por el miedo a las infracciones? Decían las malas lenguas que los locales no pagaban las sanciones. Pero ahora, según se cuenta, no se libra nadie. Cierto o no, la agresividad se ha reducido.

Como mujer que soy, europea y cristiana, he aprendido a formar parte de muchos contextos que al principio me resultaban ajenos. Y todavía existen. Pero cada vez hay más espacios donde la sociedad que habita Qatar se está abriendo, se está occidentalizando de algún modo. También es cierto que este país es mucho más conservador que UAE o que Bahrain, pero el avance y la normalización de muchos aspectos es más que evidente.

Los grupos sociales y las relaciones también se van modificando. Por la parte que nos toca, creo que ha influido mucho el incremento constante de occidentales aquí. Y también esa cierta fascinación que sienten los árabes por nuestra cultura. Con respecto a esos círculos sociales están los grupos de Facebook. Aquí el grupo de españoles en Qatar funciona a las mil maravillas. No hay duda que no sea resuelta ni anhelo de actividad que no sea saciado.

En definitiva, muchos son los aspectos que hacen la vida cada vez más fácil por estos lares. Y en paralelo, otros muchos son los que me hacen sentirme cansada de estar aquí. Quizá mi etapa esté acercándose al final. O al menos, a una pausa con la que llevo tiempo soñando. Tal vez unos meses en España. Esta idea me alivia cuando me canso, cuando me harto de Qatar, de mi trabajo y de vivir aquí. A ver qué pasa…

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