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Sobre el calor y la reclusión

"Durante algo más de cuatro meses al año nos creamos un sistema de burbujas refrigeradas: casa, coche, oficina y centro comercial. Y así transcurren los días. Encerrados"

El termómetro de un vehículo señalando 50 grados. (R.P.U.)

Susurros de Oriente

Geles Rivera
Geles Rivera

Existe un tópico sobre todos los otros, una cuestión con la que todos relacionan el hecho de vivir en Oriente Medio, una de las que más asustan antes de prepararse la maleta: el calor.

Muchos de los que hemos vivido allí no hemos sufrido calor realmente, pero sí las consecuencias de este. En primer lugar, durante algo más de cuatro meses al año nos creamos un sistema de burbujas refrigeradas: casa, coche, oficina y centro comercial. Y así transcurren los días. Encerrados. Bajo la clemencia de los aires acondicionados. Sin pisar, literalmente, el exterior. En ocasiones, incluso, sentíamos frío. Nos solía acompañar una chaqueta para soportar las bajas temperaturas de centros de ocio y de lugares de trabajo.

Por eso resultaban tan duros los veranos: porque suponían un encierro largo y continuo. Las madres que no trabajaban desaparecían con sus hijos y se marchaban a sus países de origen. También algunos privilegiados como profesores. El resto de los mortales, allí nos quedábamos, sin más ocio ni más salidas que los mismos centros comerciales de siempre. Mi último verano allí me resultó tan duro, que me prometí no volver a tener otro. Y así fue, en julio del año siguiente regresé a España.

Se suele hablar de cincuenta grados. Y, aunque se llega muchos días -e incluso se superan-, no es la temperatura más habitual. Yo recuerdo máximas frecuentes de unos cuarenta y cinco. Pero todavía peor que estas, casi resultaban las mínimas. Por las noches el termómetro bajaba hasta treinta y siete grados centígrados. Poco que comentar.

El bochorno y la clausura llegaban a causar estragos. Recuerdo una tarde, muy al final de mi primer verano, en la que estaba escribiendo en mi habitación. De repente, percibí como un silencio interior. Había empezado (otra vez) a hacer meditaciones diarias. Esa sensación de paz... “¿me habré iluminado?”, pensé. De inmediato comprendí que el aire acondicionado se había apagado. ¡Se había apagado por primera vez en cuatro meses! No alcancé el Nirvana, pero se terminaba el verano, que quizá era todavía mejor.

A partir de esos días en que se puede salir a la calle, todos despertamos de un soporífero letargo y comenzamos a vivir. El fin del calor protagoniza conversaciones y los lugares exteriores vuelven a resultar aptos para el disfrute humano. Playas, piscinas y desierto vuelven a existir... ¡Alhamdulillah!

Es cierto que puedo hablar con cierta banalidad porque siempre trabajé en oficina y mis visitas a la obra resultaron puntuales (aunque también las hubo en verano). Otra historia es la que viven quienes trabajan en la intemperie. Ni siquiera me atrevo a comentar cómo se sostiene, supongo que yo no habría sido capaz. Un topógrafo español que marcaba puntos para calles y carreteras nos contó que él se había acostumbrado. Yo no habría podido. Mi relación con el calor es bastante dolorosa. A cambio, soporto el frío con mucha entereza. A veces todavía me pregunto qué hacía yo viviendo en el desierto...

El caso es que el calor, durante esos meses, intenta colarse dentro de casa. Lo hace, por ejemplo, a través del agua. A excepción de algunos edificios modernos y con sistema de refrigeración de agua, la mayoría tienen los depósitos en la cubierta, expuestos al sol. Como técnico, he de decir que esto es así por la presión del agua, que resultaría insuficiente de no almacenarla tan alto. Esto hace que durante las horas centrales del día el agua queme. Literalmente. Yo he llegué a no lavarme el pelo por miedo en alguna ocasión. 

Y así es como viví yo el calor del desierto durante los años en Oriente Medio. Supongo que cada persona conserva una experiencia y que no es la misma si tu trabajo es en un interior climatizado. Si tú vives o has vivido en un país de el Golfo, o en un lugar con un clima extremo, ¿cómo lo has gestionado? ¿Has sufrido mucho?

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