viernes. 21.06.2024

Apenas siete años después de la muerte de Almanzor, artífice de la mayor expansión de Al Andalus en suelo peninsular, una sorprendente revolución popular arrasa el poder califal de Córdoba. En el año 1009, el pueblo se rebela contra Sanchuelo, hijo del poderoso militar, cuando se autoproclama califa usurpando la legitimidad dinástica omeya. En una pirueta histórica sin precedentes, un autogobierno de ciudadanos liquida el viejo régimen político e instaura una fugaz república en 1031.

En este periodo insólito y poco conocido de la historia de España, es donde el escritor Antonio Manuel teje ‘La luz que fuimos’. El autor de ‘La huella morisca’ vuelve a bucear en la memoria andalusí, ahora en formato de novela histórica, para deshacer clichés y desenterrar uno de los episodios más arrinconados de la historia peninsular. Jurista, escritor y militante de causas justas, Antonio Manuel mantiene una febril actividad intelectual. Su última creación acaba de ver la luz en forma de documental de televisión con ‘Arqueología de lo jondo’, una exploración fascinante en los sustratos moriscos y africanos que alimentan el flamenco.

-¿Por qué eligió la revolución popular de 1009 para urdir su novela?

-Si Al Andalus es el periodo más olvidado de nuestra historia, sin duda, la revolución cordobesa que se vivió en 1009 es el hecho más olvidado de los hechos más olvidados. Me parece inaudito que un Estado como España desconozca una fecha de esta magnitud. Estamos hablando quizás de la primera gran revolución popular de Occidente, con connotaciones políticas de una enorme dimensión. Córdoba, en ese momento, es la capital del universo. El faro donde se mira todo el planeta. Y es el pueblo quien derriba una tiranía autoritaria, se enfrenta al fundamentalismo de los ulemas, consigue nombrar a su propio califa y se organiza en asambleas por barrios para designar a un Gobierno eminentemente popular.

-¿Cómo supo de este acontecimiento histórico tan poco conocido?

-Cuando se estudia la ‘fitna’, aquella guerra civil de la península, se hace cometiendo dos grandes errores. El primero es extranjerizando el hecho, hablando de una guerra civil entre árabes, moros y musulmanes, cuando es una guerra civil peninsular entre distintos pueblos, culturas y estados. Y el germen era la revolución cordobesa de 1009. Investigué uno de los periodos más emocionantes de la historia de Al Andalus, que es el periodo revolucionario que comienza en 1009 y termina en 1031. Al Andalus es un periodo complejo, caleidoscópico y muy difuso, donde es fácil caer en el simplismo. Hay que mirarlo con ojos críticos. Y la fecha de 1009 puede ser el paradigma para explicar toda la complejidad andalusí, cuando Córdoba se levanta republicana en 1031. Anguita me decía: “Antonio Manuel, tenemos que luchar por la Tercera República”. Y yo le contestaba: “Por la cuarta, Julio, por la cuarta”. Los reinos de taifas también están malinterpretados como signo de debilidad, cuando, en realidad, fueron el máximo esplendor cultural de todo el periodo andalusí.

-¿Y por qué esa fecha se nos ha ocultado?

-Por dos razones. La primera: por esta obsesión de los narradores del relato confesional de la historia, que la extranjerizan. Y, en segundo lugar, porque cuando los pueblos se rebelan contra los poderosos parece que es la historia que más urge enterrar. Ha ocurrido con todas las revoluciones que hemos vivido. Ha pasado con los Comuneros de Castilla, con la Revolución de 1868, con la Primera República y con la Segunda República. Son periodos muy efímeros, en que se consigue alcanzar la utopía por parte del pueblo, y parece que a los poderosos no les interesa que se sepa. Eso no ocurre en otros países. Francia celebra la Revolución Francesa como un hecho clave que derriba el Antiguo Régimen. La revolución cordobesa también supuso un ataque al Antiguo Régimen.

-¿Cómo ha sido su trabajo de documentación?

-Ha sido complejo. Además de las fuentes más cercanas de quienes he bebido siempre, los historiadores clásicos y los arabistas españoles, necesitaba llegar a las fuentes originales. Quizás quien más ha investigado este periodo ha sido Ahmed Tahiri, que tiene varias obras que abordan el periodo revolucionario. Y es muy emocionante. El 99% de los personajes de mi novela son ciertos. Existieron. Y si no aparecen como reales, evocan a otros personajes reales. Y es hacer justicia con aquellos hombres y mujeres que se dejaron la piel porque el poder fuera más justo.

-¿Cómo se puede armar una revolución popular contra todo un poder califal?

-Piense que quien se proclamó califa, Sanchuelo, era uno de los hijos de Almanzor y se estaba viviendo una época de decadencia en la dinastía omeya. El califa, Hisham II, vivía prácticamente escondido. Hay una auténtica tiranía de alguien que ha usurpado el califato y eso es lo que el pueblo no toleró. Una tiranía, además, que se apoya en el fundamentalismo de los ulemas, lo que producía sarpullidos en el pueblo que había mantenido el sincretismo religioso hasta entonces. Y no entendían la megalomanía de un dictador que había sido capaz de construirse un palacio a imagen y semejanza del califa: Medina Azahira. El palacio fue arrasado y no quedan ni restos de su olvido.

-¿Por qué se asocia Almanzor con la tiranía y no a Abderramán III o Al Hakam II, cuando eran igualmente tiranos?

-Yo creo que son igualmente tiranos. Lo que había era una diferencia de legitimidad política, porque en el caso de Almanzor y sus hijos esa tiranía estaba ejercida por un ‘hayib’ o primer ministro y no por un califa. Y eso al pueblo le cuesta trabajo entenderlo. Es como cuando los validos acabaron usurpando el poder de los Austrias. En el caso de la revolución cordobesa, hay un punto de inflexión con el autonombramiento de Sanchuelo como califa. Almanzor pudo ser un tirano, pero no un idiota, y nunca se le pasó por la cabeza proclamarse califa. Sanchuelo cometió esa torpeza que fue el detonante para la revolución popular.

-Hay un debate subyacente legitimista en la novela.

-Hay que pensar en una lógica medieval y no caer en el presentismo. El pueblo entiende que los legítimos detentadores del poder son la dinastía omeya y, sin embargo, se ha proclamado califa un amirí y su sangre no proviene de la sangre del profeta. A eso le tienes que unir otro tipo de circunstancias. El pueblo se levanta porque ve que gran parte de la fortuna del califato se está destinando a un proyecto megalómano de expansión que no revierte en ellos. Y ve como hay un fundamentalismo que está coartando la espiritualidad que siempre había existido en Al Andalus. Eso es lo que provoca que haya una revolución de abajo a arriba.

-¿Cómo fue la república efímera de 1031?

-Antes también hubo periodos efímeros que me gusta recordar. En el año 1023, cuando Ibn Hazm regresa a Córdoba de su particular hégira, el califa es nombrado entre tres candidatos en el Patio de la Mezquita de Córdoba. Es muy hermoso. Es un hecho que deberíamos recordar ahora justamente que se cumple un milenio. Lo efímero de la república de Córdoba fue perder la hegemonía en favor de Sevilla. Córdoba deja de ser la punta del compás y empieza a instaurarse un nuevo modelo de vertebración territorial después del centralismo califal de los omeyas. También es verdad que hay un momento de auténtico esplendor, porque la división territorial se parece mucho más a como había sido siempre la Bética. Es como un país de ciudades. Cuando Córdoba fue capital de Al Andalus fue una anomalía en la historia de la península. Y, cuando vuelven las taifas, vuelven a su naturaleza, a encontrarse en la cercanía, en las comarcas. Y reyes importantísimos, con un amor a las artes, permitieron un auténtico esplendor.

-Nuestras repúblicas han sido todas efímeras.

-Es como si el pueblo tuviera miedo a ser libre. Como si tuviera una tendencia paternalista a ser protegido. Y en el momento en que alcanza la madurez y el pueblo se emancipa, de repente siente un enorme vértigo y los poderosos lo revierten a una enorme velocidad. Me preocupa que un país como el nuestro no haya comprendido que tiene que salir de esta fase de adolescencia política, donde se siente cómodo delegando su soberanía en un tercero. Cuando lo hermoso es tomar conciencia de que tú eres el soberano y la sociedad tiene que sentirse adulta.

-¿Por qué las mujeres son las protagonistas de su novela?

-Si hablábamos antes de que Al Andalus es el periodo más olvidado de nuestra historia, fíjese las mujeres. Las mujeres siempre han estado postergadas en cualquier narración histórica, especialmente en el periodo andalusí. Es justo reivindicar el crisol de las mujeres andalusíes. Las había libres y muy libres, esclavas, poderosísimas, cultas y muchas otras en sus casas. Era una sociedad caleidoscópica y creí que la mejor forma de entender un periodo como este era colocarlo en los ojos de las mujeres. Que fuese una mujer la verdadera protagonista.

-Usted ha dicho que el libro es una búsqueda de utopías.

-Sí, porque no deja de ser una novela. Entiendo la literatura como un arma de construcción masiva. Y un vehículo para concienciar a la ciudadanía. En esta novela, se puede contemplar lo más luminoso y lo más decadente del poder. Lo más luminoso y lo más decadente de la revolución. Es un espejo de la sociedad humana. No pretendo, en absoluto, idealizar Al Andalus, pero lo que, sin duda, no quiero es demonizarla. Es un periodo más de nuestra historia y un hecho de esta magnitud tiene que ser conocido. Si además es protagonizado por mujeres, mejor que mejor. Y, si eso sirve para que algún día tendamos a creer que es posible la utopía, así sea.

-¿Qué hubiera pasado si triunfa la revolución popular?

-Pues que hubieran acabado con ella un poco más tarde.

-Eso es optimismo.

-Desgraciadamente siempre ha sido así. ¿Por qué siempre ha sido así? Porque al pueblo le ha costado creerse que puede cristalizar sus triunfos. El principal enemigo del pueblo es el pueblo mismo. En 1002, cuando muere Almanzor, los límites de Al Andalus son enormes. Y, en apenas siete años, se diluye como un azucarillo. El pueblo fue a buscar la luz y se percibió a sí mismo. Cuando es el propio pueblo quien duda de sí mismo, es cuando viene el problema. Las repúblicas han fracasado porque los poderosos han ido a por ella. Y cuando ha ocurrido eso, el pueblo se ha dividido. Ha tenido miedo. Hay un pueblo que teme la represión, teme ser perseguido, se siente vulnerable. Y hay otro que va a luchar hasta el final por la utopía. Yo pertenezco a este segundo bando. Y en esa trinchera estoy.

-Y sufrimos la primera gran guerra civil peninsular. ¿Estamos condenados a devorarnos?

-Yo creo que no. Creo que estamos condenados a entendernos. Porque, a pesar de todos los esfuerzos titánicos del nacionalcatolicismo por intentar homogeneizarnos, generando maquinarias perversas como la Inquisición, y a pesar de guerras civiles y dictaduras crueles, España sigue siendo un Estado diverso. Afortunadamente la diversidad sigue estando latente y es la única seña de identidad en la que me reconozco.

-¿Qué fue Al Andalus?

-Fue el culmen de una continuidad histórica en la que el paradigma fue la diversidad, con todas sus carencias y dificultades. Solo en cincuenta años, entre 1900 y 1950, España vivió dos guerras mundiales, una guerra civil, dos dictaduras, una monarquía y una república. Imagine lo que se vivió en ocho siglos. No podemos meter toda la historia de Al Andalus en una caja de zapatos. Es la continuidad natural de la España bizantina, que a su vez es la continuidad natural de la Bética, que a su vez es la continuidad natural de sustratos civilizatorios anteriores. Y todos se permearon creando una especie de palimpsesto, que llega a su máximo esplendor en Al Andalus. Es a partir de la caída de Al Andalus cuando el paradigma de la diversidad se invierte y entonces pertenecer a un ‘nosotros’ implica excluir a ‘otros’. Eso no había ocurrido hasta entonces. Claro que hubo persecuciones en periodos califales, omeyas, almohades y almorávides. Por supuesto que sí. Pero el paradigma de lo diverso triunfó. Al Andalus es eso. La epifanía de la diversidad frente a quienes intentan la unicidad.

“Córdoba desató en 1009 la primera revolución popular de Occidente”