sábado. 24.02.2024

El gran expolio del planeta duerme a orillas del Nilo

Las potencias coloniales y el mercado negro han sometido a Egipto a un saqueo sistemático. Un informe cifra en un millón de piezas arqueológicas las arrebatadas al tesoro faraónico desde el siglo XIX. Hoy se exhiben en los 40 museos más importantes del mundo

Obelisco de Luxor (Egipto), en la Plaza de la Concorde de París
Obelisco de Luxor (Egipto), en la Plaza de la Concorde de París

En 1831, un equipo de técnicos franceses coordinados por el ingeniero Jean Baptiste Lebas tumbó uno de los dos obeliscos milenarios que presidían la entrada al majestuoso templo de Luxor. El colosal monolito construido en homenaje a Ramsés II medía 25 metros de altura y 250 toneladas de peso. La espigada columna llevaba nada menos que 3.300 años colocada en el corazón de la antigua Tebas. Hasta que Mohamed Ali, virrey de Egipto nombrado por el Imperio Turco, decidió regalarla a Francia a cambio de un reloj que nunca llegó a funcionar. El impresionante obelisco fue arrastrado hasta el Nilo y cargado en un barco con destino a Alejandría. En el puerto egipcio fue trasladado a otro navío, que lo remolcó a través del Mediterráneo hasta Toulon. Llegó a París en diciembre de 1833 después de surcar las aguas del río Sena.

El 25 de octubre de 1836, el formidable obelisco de Luxor lucía imponente en la Plaza de la Concorde de la capital gala. Su traslado fue toda una proeza de la ingeniería moderna. Y un expolio sin precedentes. El de París no fue el único obelisco arrebatado por una potencia colonial al excepcional tesoro arqueológico de Egipto. Hasta ocho grandiosos monolitos de más de 20 metros de altura han sido arrancados del suelo faraónico desde el siglo XIX para adornar algunas de las metrópolis del denominado mundo civilizado. Nueva York, Londres, Estambul, París, el Vaticano y Roma, con tres columnas, poseen alguno de los bellísimos iconos de la antigüedad. Solo uno ha sido devuelto: el obelisco de Aksum, sustraído por el dictador Mussolini de Etiopía en 1937 y reimplantado en su lugar de origen en 2008.

Los ocho obeliscos de Egipto constituyen el expolio arqueológico más llamativo del formidable patrimonio faraónico. Pero son apenas una diminuta porción del saqueo sistemático que ha sufrido el país del Nilo en los dos últimos siglos. Es imposible cuantificar con exactitud el volumen del pillaje. Una investigación de la revista Egyptian Geographic sí se atrevió a tasar su magnitud. Y los números resultaron abrumadores: un millón de piezas arqueológicas egipcias decoran los 40 museos más grandes del mundo.

El Museo Británico lidera este controvertido ranking mundial. Nada menos que 100.000 vestigios faraónicos integran el famoso contenedor cultural de Londres. Sin contar, claro está, con las 6 millones de piezas donadas en 2001 por la Colección Wendorf procedentes de la prehistoria sudanesa y egipcia. Le sigue en la indecorosa clasificación el Nuevo Museo de Berlín y el Petrie de Antigüedades Egipcias, también en Gran Bretaña, con 80.000 piezas cada uno. El Louvre ocupa el cuarto lugar, con 50.000 artefactos, mientras que el Bellas Artes de Boston y el Arqueológico de Michigan empatan a 45.000 objetos. La interminable lista incluye a Pensilvania, Oxford, Turín, Chicago, California, Cambridge, Liverpool, Manchester, Florencia, Viena, Atenas, Moscú, Copenhague, Lyon y otras tantas ciudades europeas y americanas amantes de la arqueología ajena.

El Estado egipcio ha pedido su devolución reiteradamente. Hasta ahora, sin demasiado éxito. Muchos especialistas respaldan la repatriación del tesoro faraónico. Pero la cuestión está atravesada por numerosas interrogantes jurídicas y no menos inercias de índole imperial. “Los estados coloniales se llevaron piezas, en muchos casos, siguiendo la legislación que en ese momento había en Egipto”, argumenta Alejandro Jiménez, egiptólogo con veinte años de trabajo de campo en tierras faraónicas. “Hasta los años ochenta, cualquier misión arqueológica extranjera podía llevarse hasta el 10% de las piezas. Y la mitad del volumen descubierto en la normativa anterior. La pregunta es si la legislación de entonces la podemos considerar una legislación justa”, se plantea el arqueólogo de la Universidad de Jaén. Hasta 1922, Egipto es parte del Imperio Británico. Y se mantuvo bajo tutela occidental hasta la Revolución de los Coroneles de 1952. “Eso es una cuestión más para juristas que para arqueólogos”, sostiene Jiménez.

¿Y cuál es su opinión? “Yo considero que las piezas que están en los diferentes museos del mundo, siempre y cuando se hayan adquirido dentro de la legislación egipcia, son los mejores embajadores de Egipto en el extranjero. Cualquier pieza cuya procedencia tenga la menor duda tiene que volver”. Estamos ante un terreno resbaladizo. No hay duda. Un debate que bascula entre la legalidad formal y la ética. Definir qué piezas fueron extraídas legítimamente de un país sometido a un régimen colonial y cuáles no es un asunto peliagudo.

Busto de Nefertiti, exhibido en el Nuevo Museo de Berlín
Busto de Nefertiti, exhibido en el Nuevo Museo de Berlín

El caso del busto de Nefertiti es paradigmático. La espléndida efigie fue hallada en el Valle de Amarna por arqueólogos alemanes en 1912. Teóricamente, la pieza salió legalmente de Egipto tras una autorización expresa de la administración local. Pero, al parecer, el equipo científico teutón utilizó artimañas poco nobles para hacer creer al Gobierno egipcio que la estatua no tenía valor. Por lo visto, fue embadurnada de barro para esconder su excepcional relevancia. “Hay un gran debate científico sobre si el busto de Nefertiti fue expoliado realmente o no”, señala Alejandro Jiménez. “Parece ser que los excavadores se dieron cuenta del gran hallazgo”, agrega. Y todo indica que prefirieron pasar la frontera con absoluta discreción. Hoy la reina de la dinastía XVIII de Egipto descansa en el Nuevo Museo de Berlín.

El Cairo ya reclamó la pieza a Hitler, pero Berlín ha rechazado sistemáticamente devolverla, incluso de forma temporal para incluirla en una exposición en la capital egipcia. En 2011 fue requerida nuevamente y la Fundación del Patrimonio Prusiano respondió:Ella es y continuará siendo embajadora de Egipto en Berlín". La Piedra Rosetta, que permitió descifrar el significado de los jeroglíficos egipcios y uno de los grandes tesoros faraónicos, fue hallada por el capitán francés Pierre François Bochard en julio de 1799. Poco después, los británicos derrotaron a los franceses en Egipto y la talla fue transportada a Londres en 1801. Hoy se exhibe en el Museo Británico.

El patrimonio egipcio exiliado es inconmensurable. Un informe oficial, sin embargo, sí ha evaluado el monumental expolio. Mil millones de dólares. Es decir, cuatro veces más que los ingresos anuales generados por el Canal de Suez. Aunque no se trata solo de dinero, que también. “Esas antigüedades expresan la historia de una nación”, proclama la revista digital Egyptian Geographic. “Muchos museos del mundo gozan de valor global debido a la gran cantidad de historia egipcia que posee. Y nosotros no tenemos derecho a disponer de ella”, lamenta la publicación. En conjunto, los 40 museos internacionales con decenas de miles de piezas egipcias reciben cada año la visita de 250 millones de personas, gran parte de ellas atraídas por el esplendor faraónico.

En Egipto, el fenómeno expoliador se vive con indisimulada inquietud. Por razones culturales y también de orgullo nacional. El arqueólogo y ex ministro de Antigüedades de Egipto, Zahi Hawass, se propuso hace años una misión que, a todas luces, se antoja difícil de ejecutar. Al menos, en su plenitud. “Recuperaré todo el patrimonio expoliado a Egipto”, anunció en una entrevista publicada en febrero de 2020 por La Voz de Galicia. Hawass afirmó que “hay que concienciar a los gobiernos responsables” y reveló que el presidente francés Macron ya ha reconocido que el “imperialismo sustrajo muchas piezas de África, que tendrá que devolver”.

Algunos museos han repatriado ciertos vestigios. El Metropolitan Museum de Nueva York devolvió 19 piezas de la tumba de Tutankhamon, entre ellas un perro de bronce y un brazalete de lapislázuli con forma de esfinge. Los objetos formaban parte de la colección privada de Howard Carter, el arqueólogo que descubrió la mítica tumba en el Valle de los Reyes en 1922. España también ha reintegrado 36 piezas pertenecientes a los yacimientos de Saqqara y Mit Rahina, que fueron sustraídas en excavaciones ilegales. La Guardia Civil se incautó de ellas y fueron depositadas en 2014 en el Museo Arqueológico Nacional, hasta que siete años más tarde fueron devueltas.

El número de devoluciones es, por ahora, insignificante. La conservadora del Museo Arqueológico Nacional María Antonia Moreno también se ha manifestado con rotundidad con respecto a la cuestión. “Hay que devolver a Egipto lo expoliado”, declaró la especialista en una entrevista de 2015. “En el siglo XIX y principios del XX muchos monumentos se fragmentaron y se trasladaron fuera de Egipto. Eso creó un problema de descontextualización. Por ejemplo, el caso de los obeliscos. A los egipcios se les ha privado de esos elementos arquitectónicos que estaban pensados para estar ahí”, lamenta.

No todos los expertos comparten la misma posición sobre el controvertido debate. Alberto Molero, director del grado de Historia del Arte de la Universidad Isabel I, proyecta otro punto de vista sobre el asunto. El profesor justifica la expatriación de material arqueológico en el “contexto histórico del momento” y argumenta que constituye un “exponente de la historia de las grandes potencias del continente durante el siglo XX”. “Debemos desmitificar el expolio de estas piezas y explicar el fenómeno histórico”, concluye.

La historia, a veces, proporciona severas lecciones a la soberbia humana. Y hoy el obelisco de París ha sufrido un proceso de deterioro imparable. “Es un enfermo terminal”, ha declarado el experto Eduard Porta. El intenso frío, la humedad, los altos índices de contaminación y las vibraciones generadas por el tráfico han ocasionado en el monolito de 25 metros profundas grietas que amenazan seriamente su supervivencia. En apenas 187 años en Francia, el obelisco de Luxor ha envejecido infinitamente más que en sus 3.300 años de vida en Egipto. Su gemelo del Nilo, en cambio, goza de una salud envidiable. “El obelisco debe volver a casa”, implora Eduard Porta.

El gran expolio del planeta duerme a orillas del Nilo
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