jueves. 23.05.2024

The Guardian, uno de los periódicos más reputados del mundo, publicó la semana pasada un sorprendente artículo firmado por el escritor Kenan Malik. El reportaje se titulaba así: “Mezquita [Córdoba] y Santa Sofía [Estambul], dos símbolos sagrados y las guerras culturales que intentan desmentir su compleja historia”. El autor aseguraba que los dos espléndidos monumentos del Patrimonio Mundial de la Unesco eran víctimas de un “intento reduccionista de reescribir el pasado” por parte del obispo de Córdoba y el Gobierno islamista de Ankara.

El artículo de Kenan Malik establece un paralelismo entre dos modelos de gestión de dos templos universales, que tienen en común estar erigidos en territorios de mayoría religiosa distinta a la que fueron concebidos hace siglos. La Mezquita de Córdoba fue levantada como oratorio islámico por Abderramán I en el año 785, mientras que Santa Sofía fue impulsada por Justiniano a principios del siglo VI. En ambos casos, sus actuales administradores se esfuerzan por ocultar la identidad primigenia del edificio y exhibir el dominio hegemónico de la nueva religión mayoritaria.

El último episodio de la guerra cultural desatada por Erdogan y el prelado de Córdoba tuvo lugar hace apenas dos semanas. La Plataforma Mezquita Catedral, que cuenta con el respaldo de 400.000 ciudadanos, reveló el proyecto museístico de un nuevo centro de interpretación sobre el monumento omeya que prepara la Iglesia cordobesa. Los canónigos quieren llevarse las taquillas de la Mezquita de Córdoba al Palacio Episcopal, situado justamente enfrente. El objetivo es integrar el universal monumento islámico en el circuito narrativo cristiano de lo que fue antigua capital de Al Andalus.

El plan museístico episcopal, de 22 páginas, no deja lugar a dudas. Y anuncia, sin circunloquios, que el propósito final es acabar con el “reduccionismo cultural “ de la Córdoba islámica. El texto añade: “La reducción cultural es tan fuerte que tiene capacidad de eclipsar un brillante pasado visigodo, romano y cristiano”. Córdoba, en efecto, es conocida en el mundo por haber sido la capital de una pujante civilización en el siglo X que irradió esplendor en todo Occidente. Y su principal emblema es la Mezquita Aljama, un portentoso edificio de 24.000 metros cuadrados, que conserva su arrebatadora belleza casi 1.250 años después.

Córdoba cayó en manos cristianas en 1236 y, desde entonces, su gran templo islámico ha sido gestionado por los obispos. La relación de los purpurados con el edificio en todos estos siglos ha sido altamente conflictiva. Los mitrados católicos nunca se sintieron cómodos con un oratorio diseñado para la gran religión rival monoteísta y pusieron en marcha desde el inicio un proceso de mutación estructural para camuflar la identidad islámica. Construyeron capillas, levantaron altares, encalaron los arcos, embovedaron los artesonados y plagaron de ornamentos barrocos un espacio diáfano concebido para la austeridad. En 1523 acometieron la reforma más traumática: levantaron una Catedral en el corazón de la Mezquita.

Hoy las leyes proteccionistas del patrimonio histórico han puesto freno a las intervenciones arbitrarias de los obispos. Pero la cruzada cultural contra la Mezquita omeya continúa en otro territorio. El de la identidad. Hace veinte años los prelados dieron órdenes de borrar el nombre de Mezquita y de reducir su existencia en los folletos turísticos a una simple “intervención islámica en la Catedral”. El centro de interpretación que quieren abrir en el Palacio Episcopal profundiza en ese propósito.

“El turismo es una de las realidades que manifiesta más claramente este reduccionismo”, subraya el proyecto museístico desvelado por la plataforma ciudadana y recogido por The Guardian. Y añade: “A pesar de que la oferta turística cordobesa es básicamente cultural, gira casi exclusivamente en torno a un eje: la antigua Mezquita”. La Iglesia católica ingresa cada año casi veinte millones de euros de la explotación comercial del monumento andalusí y resulta paradójico que se preste a un proyecto que busca erosionar su imagen en el mundo y minimizar su visibilidad.

Lo que el Obispado de Córdoba pretende con su centro de visitantes e interpretación de la Mezquita es, según sus propias palabras, “proporcionar claves para entender las aportaciones de la cultura cristiana y su papel en la construcción de la ciudad”, así como coordinar la “actividad cultural diocesana” en relación al formidable conjunto monumental hispanomusulmán.

El objetivo de la Iglesia católica está claro. Y The Guardian lo explica sin dobleces: “La Mezquita Catedral de Córdoba es una expresión arquitectónica de la compleja e intrincada historia de Europa. Y ese, para algunos, es el problema”. Por esa razón, argumenta Kenan Malik, los obispos protagonizan una “larga campaña para disminuir la herencia islámica del edificio y verlo principalmente como un monumento cristiano”.

Una campaña de siglos que ahora se libra en el plano de la narrativa histórica y cultural. En esas coordenadas se mueve también el nuevo Plan Director de la Mezquita Catedral, que el Cabildo catedralicio presentó públicamente hace un año y el Gobierno regional andaluz está a punto de aprobar. Todo el extenso documento, de 281 páginas, examina el edificio desde el punto de vista estrictamente religioso confesional e ignora su inmenso caudal de conocimiento histórico, cultural, artístico y patrimonial.

“Nos encontramos ante un edificio que, asumiendo su compleja historia, es una iglesia cristiana desde el punto de vista funcional y una catedral por el uso que la diócesis hace de ella”, señala en la página 31. Y esta idea se repite una y otra vez a lo largo de todo el texto para dejar claro que este monumento único en el mundo hay que leerlo exclusivamente en clave católica.

Interior de la basílica de Santa Sofía, en Estambul
Interior de la basílica de Santa Sofía, en Estambul

En el otro lado del espejo se encuentra la prodigiosa basílica de Santa Sofía, en Estambul. Su caso es análogo al de la Mezquita de Córdoba, pero en sentido inverso. El gran templo cristiano de Oriente sobrevive hoy en un país de mayoría islámica. Y su historia también está atravesada de retorcidos conflictos identitarios. Fue la primera obra maestra de la arquitectura bizantina y se convirtió en sede del patriarca ortodoxo de Constantinopla y “corazón espiritual del imperio”, según puntualiza Kenan Malik.

En 1453, Constantinopla cayó en manos de los otomanos bajo Mehmed II y pasó a llamarse Estambul. La basílica de Santa Sofía, el gran estandarte cristiano bizantino, fue islamizada y convertida en una mezquita. Así se mantuvo hasta la caída del Imperio Otomano, tras la Primera Guerra Mundial. Mustafa Kemal Ataturk lideró un giro copernicano del Estado turco, modernizó el país y estableció una república laica. Santa Sofía fue secularizada, se prohibió el culto y fue convertida en un museo.

Hasta que llegó al poder Erdogan, el primer presidente islamista de la Turquía contemporánea. En 2020, en un nuevo viraje confesional del país, decretó la restitución del culto musulmán en la mítica basílica cristiana. El presidente se proponía reforzar los cimientos islámicos de Turquía y nada mejor que desplegar su dominio sobre el viejo símbolo bizantino de Santa Sofía. Los magníficos mosaicos cristianos de Jesús, María y los Apóstoles fueron ocultados, tal como ordenan los preceptos litúrgicos islámicos, en medio de un sonoro escándalo internacional. La propia Unesco advirtió al Gobierno de Ankara que la decisión ponía en peligro el valor del monumento como paradigma universal de diálogo.

Erdogan cruzó una línea que ni siquiera Mehmed II se atrevió a traspasar 570 años antes, cuando promovió el culto islámico en Santa Sofía pero dejó al descubierto los majestuosos mosaicos cristianos. El sultán otomano se rindió ante la belleza irrepetible de Santa Sofía exactamente igual que lo hizo Carlos V cuando contempló el destrozo que ocasionó en la Mezquita de Córdoba la construcción de la Catedral que él mismo había autorizado. “Los guerreros de la cultura de hoy”, lamenta el escritor Kenan Malik en The Guardian, “a menudo tienen mentes más cerradas que los verdaderos guerreros de ayer”.

Santa Sofía y Mezquita de Córdoba, dos símbolos de diálogo universal en peligro