viernes. 21.06.2024

Hasta antes de ayer, los letreros luminosos de los autobuses de Tánger no solo informaban de la procedencia y el destino de cada trayecto urbano. También incluían una frase que ya es historia: ¡Yallah lions!”. Vamos leones. Porque así se les conoce a los heroicos jugadores de la selección marroquí, que han pulverizado en apenas 25 días todas las barreras del fútbol árabe y africano. En todo este tiempo, Tánger se ha paralizado. Exactamente igual que Marruecos. El país norteafricano ha estallado en una gran celebración nacional. Los niños han llevado globos rojos con la estrella verde marroquí. Las familias han invadido las calles para celebrar cada triunfo. Los sin techo han dejado de pedir limosna para vender banderas patrióticas a diez dirhams. Los cafetines se han engalanado en cada partido de los “leones del Atlas”.

“Cada gol ha sido una fiesta”, asegura Maribel Méndez, española residente en Marruecos desde hace 13 años. “La gente lo ha vivido en un estado de euforia. Ha sido apoteósico”. Y razones había para ello. Marruecos ha jugado seis partidos en el Mundial de Qatar. Y solo ha perdido uno. El de antes de ayer contra Francia. Por el camino, ha batido a potencias futbolísticas indiscutibles. Bélgica, España, Portugal. La hazaña no tiene precedentes. Es la primera vez que una selección africana o árabe alcanza unas semifinales del Mundial. Un hito colosal. Y no el único protagonizado por Marruecos. En 1986, también fue el primero en meterse en octavos. Luego, Camerún, Senegal y Ghana han logrado pasar a cuartos de final. Pero a semifinales ninguna. Nunca. Solo Marruecos.

El día en que los “leones del Atlas” jugaron contra España, Ksar el Kebir era una ciudad fantasma. Las calles se convirtieron en espectros sin vida. Youssef El Maimouni había bajado desde Barcelona a ver a sus padres y se acercó al cafetín más cercano para seguir el partido. El dueño del local retiró las mesas y colocó varias hileras de sillas para acoger a más personas. Había familias enteras con el corazón en un puño. “Después de la prórroga, se produjeron manifestaciones magníficas, masivas, pacíficas. Nunca viví una celebración así en Marruecos”.

Youssef El Maimouni nació en Ksar el Kebir. Pero con apenas dos meses, sus padres se establecieron en Comarruga, un pueblecito costero de Tarragona, con poco más de 4.000 habitantes. Entonces eran los únicos “moros” de la localidad. Su padre ha trabajado en casi todo, principalmente como albañil. Su madre se ha dedicado a limpiar casas. Él estudió Filología Árabe en Barcelona y hoy es educador social. También autor de dos novelas.

Es del Barça. Y de Luis Enrique. Por eso, quizás, tenía el corazón dividido. Ha seguido los Mundiales con mucha ilusión. Y no solo como marroquí. También como africano. “Ha sido David contra Goliat. Un caso de justicia divina”, describe de forma gráfica. “Los países africanos lo han tenido siempre más difícil y que un equipo árabe llegue tan lejos es digno de celebrar. Los hijos de la diáspora se están rebelando contra la historia”, proclama.

Se refiere a los millones de inmigrantes marroquíes que se han instalado en Europa para abrir nuevos horizontes. Algunos de ellos, precisamente, engrosan las filas del meritorio conjunto magrebí. Y atención al dato: 14 jugadores del entorchado nacional han nacido fuera de Marruecos. En España, a datos de 2021, hay 872.000 marroquíes de un total de 5,4 millones de extranjeros. Cataluña, precisamente, es la comunidad autónoma que más ciudadanos marroquíes integra, seguido de Andalucía, con 157.000.

Las muestras de júbilo se han multiplicado por toda la Península Ibérica. Bares, asociaciones y locales de todo tipo se han abarrotado de marroquíes para ver los encuentros de su selección. Casa Árabe activó un programa especial para recibir en su sede madrileña a los seguidores de Arabia Saudí, Túnez y, sobre todo, Marruecos, que logró asomarse a la final del Campeonato del Mundo. La Embajada de Marruecos en España también invitó a nacionales marroquíes para ver los partidos. Allí estuvo, según confesó después en la Cadena Ser, Hassan Hakimi, padre de Achraf Hakimi, una de las estrellas del conjunto norteafricano, nacido en Madrid.

La de Marruecos no solo ha sido una hazaña deportiva. Que por supuesto. También una revolución anímica con efectos multiplicadores en la autoestima nacional. “Es un mensaje para los jóvenes”, argumenta Siham Zebda, profesora de Derecho Internacional Público de la Universidad de Cádiz y experta en migraciones, interculturalidad e inclusión social. “Cuando se quieren las cosas, se pueden conseguir”, asegura esta investigadora universitaria, nacida en Tetuán y residente en Jerez desde hace casi una década.

Esa es la perspectiva que le interesa a Zebda. El enfoque social. Hasta hace un mes, su interés por el fútbol era cercano a cero. Su padre sí es aficionado y en casa se veía la Liga española religiosamente. Ahora todo ha cambiado. La ola de entusiasmo ha terminado por contagiar a la jurista. “Para mí, Marruecos ha ganado el Mundial. No la Copa. Con disciplina, profesionalidad, trabajo en equipo y una nueva mentalidad podemos lograr muchas cosas. Y se ha ganado al mundo. Siempre con buena actitud, abrazando a los jugadores, dando ánimos y sin venirse abajo nunca. Para mí, eso es ganar”.

De hecho, tras la derrota ante Francia, muchos marroquíes y familiares de Siham Zebda se sentían muy orgullosos por la inolvidable gesta de Qatar. “Hemos perdido un partido, pero hemos ganado otras muchas cosas. Una actitud distinta. Un estímulo para avanzar”. Y no solo los ciudadanos magrebíes. También toda la comunidad árabe y el continente africano.

La proeza de Marruecos tiene un cariz simbólico indudable. Un país pobre del sur que se enfrenta a cuatro naciones europeas consecutivas, todas ellas con un pasado colonialista sobre algún punto concreto de África. Es un acto reivindicativo de justicia histórica”, sostiene Youssef El Maimouni. “Primero ganó a Bélgica. Y todos sabemos qué hizo Bélgica. Luego ganó a España, con todas las relaciones difíciles que ha habido siempre. Y finalmente a Portugal, que también ha sido otro país colonialista, que practicó la esclavitud en su historia. El tablero de juego ha virado y las fichas negras están remontando a las blancas”, subraya.

Youssef El Maimouni ha firmado dos obras literarias, ambas en español. La primera se titula ‘Cuando los montes caminen’ y es una novela histórica sobre “moros” en la Guerra Civil que participaron en el bando franquista. La segunda, ‘Nadie salva a las rosas’, saldrá publicada en enero y trata sobre un joven transexual marroquí que se ve forzado a emigrar a España. El escritor y educador social habla español, catalán y dariya, el dialecto mayoritario marroquí, que aprendió de sus padres y en las incursiones estivales a su ciudad natal. Del árabe clásico literario, conocido como ‘fusha’, tiene un conocimiento más elemental.

La hipótesis de la revancha histórica no es compartida por todos. Siham Zebda la rechaza de plano. De hecho, considera que es una minoría en su país quien maneja ese discurso estos días. Exactamente igual de minoritaria, argumenta, que el mensaje xenófobo y racista que se manifiesta en algunos sectores europeos. “Cuando perdió España, muchos amigos míos nos llamaron para decirle a mi marido que no pasaba nada. En ningún momento, se ha visto como una revancha histórica”. La profesora marroquí está casada con un español y tanto ellos como su hijo vivieron el partido contra la selección de Luis Enrique con sentimientos encontrados. “En ese partido, se vio fraternidad y humanidad. Ahí está la imagen de los dos porteros al final”, sentencia.

Marruecos ha perdido pero ha ganado. Ha triturado el techo de cristal que hasta ahora, 90 años después, dejaba fuera de la competición más popular del planeta a más de media humanidad. Hoy, Asia, el mundo árabe y África tienen razones poderosas para creer que los Mundiales de Fútbol ya no serán en el futuro un coto privado de Europa y Sudamérica.

La derrota más dulce de Marruecos