martes 17/5/22

Cómo rescatar las acequias milenarias de Al Andalus para despertar el mundo rural

Los musulmanes protagonizaron en España una auténtica revolución agrícola con la construcción de miles de canales de riego por todo el país. Un proyecto de la Universidad de Granada quiere ahora recuperarlos
Trabajos de rescate en las acequias centenarias que los muslmanes dejaron en Al Andalus. (MEMOLab)
Trabajos de rescate en las acequias centenarias que los muslmanes dejaron en Al Andalus. (MEMOLab)

En casi ocho siglos de dominio islámico en España, Al Andalus no únicamente legó una arquitectura formidable simbolizada en la Alhambra de Granada y la gran Mezquita de Córdoba. También promovió un renacimiento científico sobresaliente y una revolución agrícola sin precedentes. La civilización andalusí impulsó el mundo rural con la construcción de una extraordinaria red de canales de riego, que sembró de acequias media España. Solo en Granada y Almería, han sido catalogados 24.000 kilómetros, según un estudio detallado del Laboratorio de Arqueología Biocultural de la Universidad de Granada. 

Dirigido por el profesor José María Martín Civantos, MEMOLab trabaja desde hace siete años en un proyecto sorprendente. El objetivo de este grupo de investigación, integrado por una veintena de especialistas, es recuperar una buena parte de estos sistemas de riego históricos para dinamizar la agricultura de comarcas rurales sometidas a un acusado proceso de despoblación. De partida, hay un dato casi milagroso: la mayoría de estas acequias han logrado sobrevivir durante más de mil años en pleno uso. Pero también hay un reverso preocupante: muchas de ellas se encuentran en fase de abandono desde hace treinta o cuarenta años. 

“Las acequias han demostrado ser enormemente sostenibles y resilientes”, alega Martín Civantos en conversación telefónica desde la Universidad de Granada con EL CORREO DEL GOLFO. “Se han adaptado a los cambios climáticos, sociales y políticos durante siglos, pero el productivismo y el mercado global de hoy están arrasando con este sistema de riego histórico”. Ahí radica el desafío. El arqueólogo responsable de MEMOLab señala el abandono y el éxodo rural como los dos factores determinantes del declive de un sistema tradicional que ha acompañado a la agricultura durante siglos. “No hay recambio generacional. Y es un sistema que no puede competir en los mismos términos que los industriales intensivos”, asegura. 

La idea no es arreglar las acequias y dejarlas ahí, sino que la comunidad de regantes las use y se comprometa a mantenerlas para regar sus pastos, recargar los acuíferos y poner en marcha cultivos abandonados

El panorama empezaba a ser preocupante. Algunas acequias se encontraban abandonadas, otras destruidas y muchas entubadas. En todo caso, una buena parte de los canales funcionan, pero solo a medio gas. “La idea no es arreglar las acequias y dejarlas ahí, sino que la comunidad de regantes las use y se comprometa a mantenerlas para regar sus pastos, recargar los acuíferos y poner en marcha cultivos abandonados”, argumenta Civantos. 

Las acequias no son solo un instrumento de producción de materias primas. También un sistema de flujo hidráulico natural con una influencia decisiva en el medio ambiente, ahora que el planeta está tomando conciencia de la amenaza del cambio climático. Por esa razón, el director del proyecto subraya la importancia de la “multifuncionalidad” del sistema de riego andalusí. “Los canales no solo producen alimentos, sino que también generan servicios ecosistémicos, recarga de acuíferos, biodiversidad asociada, regula los ciclos hídricos y evita la erosión y la salinización del suelo”, enumera. A lo que hay que añadir la importancia de recuperar espacios culturales de carácter histórico, así como modelos de gobernanza comunitaria. 

Las acequias han logrado sobrevivir durante más de mil años en pleno uso. (MEMOLab)Las acequias han logrado sobrevivir durante más de mil años en pleno uso. (MEMOLab)

El primer proyecto que se puso en marcha fue en 2014 en la localidad granadina de Cáñar, en las Alpujarras, una de las comarcas más aisladas del sur peninsular y refugio de moriscos tras la caída de Granada en 1492. “Aquello fue un bombazo para el pueblo”, declara Cayetano Álvarez, presidente de la comunidad de regantes de Cáñar. Tanto que, desde entonces, cada año vuelven a celebrar el regreso del agua a la acequia con una fiesta popular y un puchero de hinojos, judías secas, morcilla y tocino. 

Nosotros lo tomamos como una fiesta y los vecinos se han animado mucho viendo las consecuencias tan positivas del proyecto

La acequia de Cáñar llevaba 28 años abandonada. Como para tantos otros pueblos de la España rural, la década de los sesenta del siglo pasado fue una pesadilla. El éxodo arrasó el campo y miles de jóvenes se subieron a la locomotora del desarrollo urbano, muchos para no volver nunca. El propio Cayetano Álvarez puso rumbo a Barcelona, donde ha trabajado durante tres décadas. La llegada del proyecto de Martín Civantos fue una bendición. El arqueólogo apareció con un plan de recuperación bajo el brazo, recursos materiales para ponerlo en marcha y un buen puñado de universitarios dispuestos a coger el azadón. 

“Nosotros lo tomamos como una fiesta”, asegura Cayetano Álvarez. “Los vecinos se han animado mucho viendo las consecuencias tan positivas del proyecto”. La acequia de Cáñar es de tierra, tiene unos tres kilómetros de longitud y de ella se han beneficiado más de medio centenar de agricultores, algunos de los cuales han podido recuperar antiguas fincas de castaños y robles. En la comarca se siembra trigo, cebada, patatas, judías, pistachos y otros muchos productos. “Hemos hecho un buen proyecto. Y los pueblos de abajo lo están notando”, explica el presidente de la comunidad de regantes. 

En la Alpujarra granadina, se utiliza de forma tradicional las denominadas “acequias de careo”, cuya finalidad es guiar el agua procedente del deshielo desde las altas cumbres hasta caladeros donde el líquido elemento se filtra para luego aflorar en latitudes más bajas a través de veneros naturales. “A los acuíferos se les da de comer con agua careada”, asegura Cayetano Álvarez en una jerga típica alpujarreña. “Si no fuera así, se perderían las fuentes. Y si las fuentes se secan, el campo se despuebla”. La rehabilitación de las acequias, por lo tanto, constituyen una pieza esencial para la reactivación de un ciclo biológico que ha funcionado a la perfección durante más de mil años. 

Hay un desprecio al mundo rural y las comunidades agrarias. La gente prefiere ser camarero antes que pastor. Y eso pesa mucho

Las acequias de montaña suelen ser de tierra, de forma que las filtraciones de agua permiten recargar los acuíferos. Algunos tramos de Cáñar fueron forrados de cemento, con consecuencias nefastas para algún venero, del que ya no ha vuelto a brotar agua. “El agua de careo y las acequias de tierra son muy provechosas para el campo”, subraya el agricultor alpujarreño. Cáñar está situado a 1.014 metros de altitud. Cuenta con más de 300 habitantes empadronados, aunque viven en realidad unos 200. Según afirma Cayetano Álvarez, el pueblo está recuperando población lentamente. “Tenemos ya cuatro maestros para bastantes niños”, declara. 

El proyecto de MEMOLab ha tenido un impacto muy satisfactorio. “De hecho, tenemos cola”, revela Martín Civantos. Al Laboratorio de Arqueología Biocultural le llueven las peticiones. Y no únicamente de Andalucía. Ya han estado en Cáceres arreglando una acequia medieval islámica y en Albacete participaron en unas jornadas en defensa del regadía histórico. Y han contactado con ellos regantes de Segovia y Murcia interesados en el proyecto de rehabilitación de canales de riego. “Intentamos devolver a la sociedad el producto de nuestra investigación”, argumenta el arqueólogo. 

En su opinión, toda esta iniciativa innovadora logra reactivar a muchas comunidades de regantes. “La alternativa que les ofrece la administración es entubar las acequias y transformarlas en sistemas de riego a presión industrializada, con proyectos millonarios”. Y ese modelo presuntamente modernizador, señala Civantos, destruye la biodiversidad, anula las funciones fertilizadoras de los canales históricos, saliniza el terreno, seca los acuíferos y elimina la regulación natural. “Desaparece la multifuncionalidad y se convierte en una actividad solo orientada a la producción”, resume. De manera que se pierde la relación con el entorno, las prácticas tradicionales, el conocimiento ecológico local y los sistemas de gobernanza comunitarios. “Hay un desprecio al mundo rural y las comunidades agrarias. La gente prefiere ser camarero antes que pastor. Y eso pesa mucho”, lamenta el director del programa. 

En Al Andalus se produjo una revolución verde, que partía de oriente y se expandió hacia el occidente mediterráneo

Hasta ahora, el proyecto de MEMOLab ha logrado rehabilitar 14 acequias, que suman 80 kilómetros de canales de riego tradicionales, la inmensa mayoría de ellos de origen andalusí. Solo entre Granada y Almería, existen 550 comunidades de regantes y más de 830 espacios de riego históricos, con 200.000 hectáreas de regadío. La mayor concentración de acequias y mejor conservadas se encuentra en el antiguo territorio nazarí, que logró resistir el empuje de los reinos cristianos del norte hasta finales del siglo XV. En la Andalucía Bética también se prodigaron las acequias islámicas, pero, tras la conquista castellana, se priorizaron otros sistemas de producción agrícola. 

MEMOLab ha logrado rehabilitar ya 80 kilómetos de acequias. (MEMOLab)MEMOLab ha logrado rehabilitar ya 80 kilómetos de acequias. (MEMOLab)

En 2006, otro proyecto con fondos europeos Feder impulsó la puesta en valor de las acequias de la Axarquía malagueña. En aquella ocasión, no se trataba de relanzar el sistema de riego para uso agrícola, sino de catalogarlas y recuperar sus valores históricos y culturales, como reclamo complementario del turismo rural. El proyecto tenía un presupuesto de 100.000 euros. Se catalogaron acequias y otros elementos tradicionales de riego de Canillas de Aceituno, Frigilana, Sedella, Cómpeta, Canillas de Albaida y Salares

“En Al Andalus se produjo una revolución verde, que partía de oriente y se expandió hacia el occidente mediterráneo”, sostiene el profesor de la Universidad de Granada. “No solo fue la extensión del regadío”, aduce, “sino que aquella revolución estaba ligada a otras prácticas con nuevos cultivos, otro manejo del suelo y un distinto uso del agua. Los árabes trajeron, por ejemplo, la caña de azúcar y los cítricos”. Aquella innovadora transformación agrícola sembró España de acequias y pintó la tierra de granados, moreras, cerezos, albaricoques, almendros, berenjenas, calabazas, limoneros, azafrán y lechugas. Hoy, mil años después, unos cuantos arqueólogos quieren devolverle a la tierra el agua de las acequias. 

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