Madre española residente en Dubai relata su historia de abuso, control y esperanza
Una madre española residente en Dubai ha hecho un conmovedor llamado de ayuda para escapar de una situación de abuso y control. A través de su carta, agradece el apoyo de Raquel y Elena, mientras narra su difícil camino desde su llegada a Emiratos Árabes Unidos después de finalizar la universidad. Su lucha por recuperar su independencia económica y familiar resuena como un poderoso recordatorio de la importancia de escuchar las señales de alarma en relaciones tóxicas.
"Me gustaría presentarme con mi nombre y apellidos, pero espero que comprendáis que, en mi situación, no es sencillo hacerlo: primero por motivos de seguridad y, segundo, por una mezcla de pudor y vergüenza. Por ello, prefiero hacerlo a través de Raquel o Elena.
Soy la persona por la que se ha hecho un llamamiento de ayuda.
Antes que nada, quiero agradecer profundamente a Raquel y a Elena, quienes me han brindado apoyo desde el momento en que conocieron mi situación. En segundo lugar, me gustaría compartir con vosotros un poco de quién soy y cómo he llegado hasta aquí.
Llegué a Dubai desde España una vez finalizada la universidad, sin otra necesidad que la de experimentar, salir de mi zona de confort, mejorar mi inglés y, ¿por qué no?, ganar algo de dinero extra para después regresar a mi país y desarrollarme profesionalmente. Sin embargo, por el camino algunas prioridades cambiaron y terminé casándome bajo promesas y expectativas que, en su momento, parecían suaves y seguras como la seda entre mis manos.
Desde el inicio hubo señales de alarma, y yo las veía. Aun así, quienes decían aconsejarme insistían en que “eso es solo al principio, luego todo se ajusta”. Así que seguí esperando a que ese principio pasara.
Después se dio un paso más: ser madre. Desde entonces, todos mis esfuerzos se volcaron en mis hijos; ellos eran (y son) mi prioridad, y me olvidé de mí misma.
He soportado situaciones que jamás habría imaginado vivir, incluso realidades cuya existencia desconocía. Pasé mucho tiempo culpándome, escondiéndome de la vida y sintiendo vergüenza por estar en esta situación, porque, al fin y al cabo, fui yo quien la eligió.
En lugar de avanzar, como sería lo natural —y más aún para alguien con el entusiasmo que yo tenía—, mi vida no solo se estancó, sino que retrocedió hasta un punto que nunca habría imaginado. No fue solo la falta de libertad, el control económico y el abuso en todas sus formas, sino también la dependencia absoluta de alguien que disfruta viéndome marchitar. Frases constantes como: “no tienes a nadie”, “a nadie le interesa tus problemas”, “¿a dónde vas a ir?”, “si no fuera por mí estarías en la calle”, “yo soy el jefe”, “eres una perdedora”, “no eres normal”, “tanto estudiar y creerte lista para acabar limpiando la casa”, “pareces tonta hablando”, “cállate, española, que hablas mucho”, “si necesitas algo, ve a pedírselo a tu Embajada”, “te puedo quitar a los niños”…
Y junto a ellas, miles de palabras hirientes más, mezcladas ocasionalmente con otras menos duras para equilibrar mi fragilidad. Así he vivido estos últimos años, dejando que mi vida se me escapara de las manos, viendo cómo me apagaba como persona y como mujer. Creyendo que me lo merezco por pasar por alto aquellas señales.
Él necesitaba a alguien a quien controlar sin una familia que interfiriera; alguien sobre quien sentirse superior; alguien a quien mirar desde arriba; alguien a quien volver dependiente de él, a través de los hijos; alguien a quien dejar en situación vulnerable; alguien a quien avergonzar sin que nadie le reproche; alguien a quien abusar sin testigos; alguien a quien arrebatarle el alma, hasta que dejara de quejarse. Y ese alguien, terminé siendo yo.
¿Por qué no me divorcio? Lo intenté. Utilicé casi todos los recursos que encontré, pero no fue posible y sufrí sus represalias por haber iniciado el proceso (privarme de mi teléfono o de vehículo aún en situación de emergencia, son ejemplos). Ahora solo espero el momento adecuado, poder asentarme con firmeza y salir de esta burbuja.
¿Por qué no regreso a España? No es una opción para mí, porque mis hijos no pueden venir conmigo. Así que solo me queda luchar con lo que tengo aquí.
Desde 2023 he luchado sola. He llamado a puertas que parecían abrirse, pero detrás solo encontré vacío: desinterés, falta de compromiso, de empatía, de implicación… abandono. Al final, volvía a quedarme sola, y sus palabras resonaban una y otra vez: “estás sola”, “¿qué vas a hacer?”, “no tienes nada”.
He vivido dentro de su burbuja, casi sin relacionarme. No conocía a nadie español: mi cultura, mi idioma, personas con valores morales similares a los míos. Me sentía —y aún me siento— avergonzada por no estar al mismo nivel que mis compatriotas, porque aquí la gente de países como los nuestros, o prospera o se va. Yo, por el contrario, vivo una situación que dudo que me hubiera ocurrido en España, y aun así no puedo volver, ni siquiera de visita.
A través de la Embajada, Raquel y yo entramos en contacto, y gracias a ello también conocí a Elena. No puedo expresar el alivio y la paz que siento con solo escuchar a alguien hablar nuestro idioma a mi lado. Es como abrazar a un familiar al que no veo desde hace años, como respirar un poco de mi país que tanto echo de menos. Sentir la mirada de alguien que realmente me entiende, que siente de verdad, que se pone en mi lugar, y con quien no hacen falta tantas palabras para encajar.
He pedido ayuda para poder acceder al mercado laboral aquí. Lo he intentado enviando solicitudes online, pero no ha funcionado. Entiendo que actualmente no es fácil conseguir trabajo: por un lado, existe una gran competencia de personas muy cualificadas y con gran experiencia; por otro, la de quienes proceden de países donde se aceptan salarios mucho más bajos. Por ello, la opción más viable sería a través de una red de apoyo: alguien que conozca a alguien, una oportunidad abierta, una puerta que se pueda cruzar.
Dado que mi prioridad son mis hijos y que no quiero darle ningún motivo para que pueda obstaculizar mi custodia, lo más adecuado sería un trabajo en el sector educativo o en una oficina, con un horario fijo que pueda compatibilizar con el cuidado de mis hijos.
Soy consciente de que muchas mujeres trabajan en horarios difíciles y que también tienen hijos; sin embargo, cuando se trata de vivir en un país que no es el tuyo, sin apoyo familiar y bajo la amenaza constante de perder la custodia, la única opción viable es buscar un empleo que pueda compaginarse de la mejor manera posible y que resulte beneficioso para ambas partes. “Mis hijos son la ÚNICA razón por las que me quedo en el país, y por ellos es por quien lucho”.
Para empezar a salir de esta situación, lo más importante es lograr independencia económica. No quiero que mi sustento dependa de sus caprichos. Estamos intentando convalidar mi título universitario, al menos para contar con una cualificación como punto de partida.
No puedo dar más información en este mensaje por las razones expuestas al inicio.
Agradezco profundamente vuestro interés y vuestra colaboración. No tengo palabras; a veces, tampoco hacen falta para entender, ¿verdad?
Y, por último, un consejo, especialmente para las mujeres: mantened vuestra independencia, sobre todo al inicio de una relación. Si detectáis señales de alarma, no intentéis justificarlas. Escuchad los consejos de quienes han crecido con los mismos valores y principios que vosotras. Reflexionad muy bien con quién y en qué lugar decidís tener a vuestros hijos. Y para todos en general: aunque fuera todo parezca ir bien, aunque la situación en vuestros países se vea difícil… al final, no hay nada como nuestro hogar".
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Las personas interesadas en colaborar pueden contactar a Elena, coordinadora de la acción, a través del WhatsApp al 0506669224.