Dubái: lo que recibimos, lo que debemos dar
Cuando llegué a Dubái, no sabía prácticamente nada de este país. Recuerdo que, antes de venir, hice dos preguntas que hoy me parecen casi ingenuas: si había Iglesia… y si había cerveza. Dos preguntas simples, pero que en el fondo hablaban de dos dimensiones esenciales de la vida: la espiritual y la cotidiana.
No tenía apenas referencias de un país que no conocía.
Hoy, tiempo después, puedo decir que Dubái —y los Emiratos Árabes Unidos— no solo han respondido al trasfondo de esas preguntas, sino que han superado cualquier expectativa. Nos han acogido con una generosidad que solo se entiende viviéndola. Aquí hemos encontrado amigos, nuestra familia de Dubái y también oportunidades, seguridad, convivencia y, sobre todo, respeto.
Mucho respeto.
Porque este país no es solo un lugar donde trabajar o prosperar. Es un lugar donde personas de todas las culturas, religiones y procedencias conviven en paz. Y eso no ocurre por casualidad.
Recuerdo la primera vez que, en St Marys Catholic Church, escuché cómo en las oraciones se rezaba “for the rulers of the UAE”. Me impactó profundamente. No era solo un gesto religioso: era una expresión de gratitud y reconocimiento hacia quienes hacen posible esta convivencia.
Con el tiempo, también descubrí algo que muchos en el mundo aún desconocen: que aquí, en esta tierra, se han gestado los Acuerdos de Abraham, y que existe la Casa de la Familia Abrahámica, un lugar donde conviven en paz y como hermanos que somos, lado a lado, las tres grandes religiones monoteístas.
Eso no es solo arquitectura. Es un símbolo. Es un mensaje al mundo.
Un mensaje de que la convivencia es posible.
Y entonces uno se da cuenta de algo importante: cuando un país te da tanto, no puedes limitarte a recibir.
Porque si tienes derechos, también tienes responsabilidades.
¿Qué tipo de persona somos si solo cogemos y no damos?
¿Qué tipo de sociedad construimos si olvidamos devolver, aunque sea una parte, de lo recibido?
Hoy, en un momento de incertidumbre y dificultad global, estas preguntas cobran aún más sentido.
Es ahora cuando se ve quién es quién.
Es ahora cuando cada uno de nosotros tiene la oportunidad —y la responsabilidad— de aportar. No hace falta hacer grandes gestos. A veces basta con lo pequeño: con tratar mejor a quien nos rodea cada día - el proximo-, con tener una palabra amable para el taxista, con valorar a quienes trabajan en silencio para que nuestra vida funcione.
Con apoyar, en la medida de nuestras posibilidades, a los pequeños negocios de amigos y conocidos.
Con estar atentos a quienes lo están pasando mal.
Con no mirar hacia otro lado.
Porque la verdadera medida de una sociedad no está en lo que tiene, sino en cómo cuida a los suyos.
Y también a los que no lo son.
Dubái nos ha dado mucho. Quizá ha llegado el momento de preguntarnos, con honestidad, qué estamos dispuestos a dar nosotros.
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Borja Castillo es ciudadano español residente en Emiratos Árabes Unidos.