sábado 4/12/21

El oscuro camino de la frontera

"Ana, se toma sus manos y noto sus uñas de niña de trece años pintadas de rojo que se pasean por su vientre de seis meses de embarazo"

¡Me encantan las historias!

Cuando era niño lo que más me gustaba era cuando llegaba la noche y mi madre nos reunía a todos los hermanos alrededor de su cama, ¡siete niños! Y para que todos hiciéramos silencio, en medio de la oscura noche, alzaba su voz aplacando la algarabía de las voces chillonas pronunciando aquella frase que inmediatamente cautivaba nuestra atención:

¡Les voy a contar una historia!

Súbitamente el oscuro lugar era invadido por un silencio sepulcral y poco a poco cada uno iba buscando su lugar favorito en medio de la oscura habitación que estaba iluminada por una vela que reflejaba su tenue luz titilando en el techo. La oscuridad se convertía en nuestra cómplice y la historia tomaba forma de espanto haciendo que mi infantil imaginación escuchara la voz de mi madre abrazado a sus pies. El resto de mis hermanos, a los que solo les podía ver el reflejo opaco de sus caras, se sentaba al borde de la cama dándoselas de fuertes, pero cuando la historia se tornaba emocionante, los veía tomados de las manos y abrazándose fuertemente, para que ninguno desapareciera en medio de la tenebrosa oscuridad, mientras la espeluznante historia continuaba en el relato de la dulce voz de nuestra madre.    

¡Por aquel entonces la electricidad llegaba a nuestro barrio solo ciertos días de la semana!

Una de las historias que quedó grabada en mi memoria y que aún recuerdo con escalofríos, fue aquella que no me dejó dormir durante todo un mes, me despertaba con sollozos de niño pensando en cada episodio de la historia y corría desesperado en medio de la noche y me metía en la cama de mi madre abrazándola tan fuerte que ella no tenía opción para regresarme de nuevo a mi cama.

La historia se trataba de un hombre llamado Abraham, que según contaba nuestra especialista en historias, había sido llamado por Dios para hacer algo muy grande que Él le había pedido, pero Abraham vivía muy triste porque no tenía hijos y todos los días le hacía un altar a Dios para que su esposa Sara, que ya era de mucha edad, tuviera un hijo. Su insistencia fue tanta que un día Dios le concedió su deseo y su esposa Sara quedó embarazada a pesar de su vieja edad y tuvieron un hijo al cual él llamó Isaac.

¡Se imaginan, niños, cuánto amaba Abraham a su único hijo Isaac!, nos contaba nuestra relatora de historias preferida.

Pero Dios quiso probar a Abraham y un día le dijo:

- Abraham, quiero saber si tu amas a tu hijo más que a mí.

Abraham le contestó… Continuaba la relatora.

- Te amo más a ti, Dios.

- Voy a probar si eso es cierto, le contestó Dios.

- ¡Quiero que lleves a tu hijo Isaac y me hagas un altar, átalo y sacrifícalo para mí!

Un día muy de mañana Abraham llamó a su hijo y juntos emprendieron el camino…

- ¿Adónde vamos padre?, le preguntó Isaac, advirtiendo unas lágrimas en los ojos de su padre.

- Iremos hacer un sacrificio para Dios, le contestó el padre.

- Pero, ¿dónde está el cordero para el sacrificio?, le preguntó el niño.

- No te preocupes hijo, ¡Dios proveerá!

Llegaron al lugar del sacrificio… continuó la relatora:

Abraham hizo el altar y amarró allí a su amado hijo Isaac y con lágrimas en los ojos, alzó su mano empuñando el cuchillo para el sacrificio…

La habitación era invadida por el miedo que poco a poco se iba tornando en pánico y cuando nuestra relatora terminaba la historia con aquel final y el Ángel se le aparecía a Abraham y le hacía detener su brazo para que no matara a su hijo Isaac, todos nos poníamos felices y nos íbamos a dormir pensando en el final feliz de la historia…

Hace unos días atrás conocí a Ana (no es su nombre real), una niña de trece años que sabe contar historias. Me impactó tanto que me senté a su lado por un largo rato. El relato de su historia, la cual me regresó a mi niñez, hizo erizar todo mi cuerpo, acelerar mi corazón y empalidecer mi rostro, que desnudó toda mi impotencia al no saber qué hacer o cómo actuar.

Eran las dos de la mañana, empezó la relatora hablando con su voz de niña, cuando mi padre me despertó y susurrándome al oído dijo:

- Tenemos que irnos, hija.

- ¿Adónde padre?, le dije, mientras me abrazaba a mi manta favorita para resguardarme del frio.

- Al otro lado de la frontera, me contestó, mientras advertía unas lágrimas en sus ojos.

- ¿A Colombia?, le pregunté asombrada.

- Sí, me contestó con su voz entrecortada.

Emprendimos el oscuro camino hacia la frontera…

- ¿Por qué iremos allá, papá?

 -La situación en Venezuela está muy mal, hija, tu madre se ha infectado de la pandemia que todo el mundo habla y ha contagiado a tu pequeño hermano y también a mí. En Colombia podrás comer tres veces al día, allá las cosas están mejor que aquí… quiero que tengas un mejor futuro y que tu vida sea mejor que la que estamos viviendo aquí en Venezuela…

Mientras mi padre me hablaba y atravesábamos aquella trocha oscura llena de pantanos y animales peligrosos que hacían ruidos espantosos, me aferraba fuertemente a su brazo que sostenía la linterna a la que poco a poco se le iba extinguiendo la luz, él seguía animándome con sus palabras sobre mi incierto futuro y su voz se iba apagando cuando sus lágrimas resbalaban por sus mejillas…

Llegamos a un sitio llamado 'El Arrozal', a la distancia se veían unos cambuches con tenues luces y se escuchaban el murmullo de muchas voces infantiles, mi padre se detuvo, me miró con su rostro bañado en lágrimas y con su voz entrecortada me dijo:

- ¡Hasta acá, hija mía, te puedo acompañar, ve allá, a esos cambuches y pide ayuda para puedas pasar la frontera y llegues a la libertad!

- ¿Y a quién le pediré ayuda?, le pregunté llorando, y él me contestó:

- No te preocupes hija, ¡Dios proveerá!

Mi padre desapareció en medio de la oscuridad y yo me quedé allí sola abrazando mi manta favorita, presa del miedo y con los ojos bañados en lágrimas contemplando mi futuro.

Viví un mes en los cambuches del 'Arrozal' y tuve que pagar con mi cuerpo el paso de la frontera

Ana, se toma sus manos y noto sus uñas de niña de trece años pintadas de rojo que se pasean por su vientre de seis meses de embarazo, me lleno de un sentimiento que no puedo controlar, no puedo evitar que mis lágrimas se escapen de mis ojos y la tristeza que embarga mi pecho se confunde con una rabia que me domina y me dan ganas de gritar… tomo aire, al fin domino mi rabia, vuelvo a mirar a Ana, que continua sobándose su barriga con sus tiernas manos de niña, me cuesta hacerlo pero lo logro y falsifico una sonrisa en mis labios y le hago una pregunta:

- ¿Qué quieres tener, niño o niña?

Ana se sonríe y abrazando su manta favorita, me dice con su tierna voz.

- Quiero un niño para que me cuide y lo voy a llamar Samuel…

Ana vive en un albergue en un caserío cerca a Villa del Rosario en el departamento de Santander, Colombia, en la frontera con Venezuela y con ella hay cientos de niños más esperando que sus historias reales, terminen con un final feliz.

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Farid Lozada es CEO de la Fundación ABBACOL.

La fundación ABBACOL ha empezado a desarrollar un proyecto en Villa Del Rosario para que niños, niñas y adolescentes como Ana reciban un programa INTEGRAL de protección. Si usted, querido lector, está interesado en saber más sobre este proyecto y apoyarlo puede escribirnos al siguiente correo: [email protected]

El oscuro camino de la frontera
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