miércoles 18/5/22

Amalia de Llano y un cuadro que enamora

La Condesa de Vilches permanece viva en el cuadro pintado por el Maestro Federico de Madrazo en 1853 cuando su protagonista contaba con 31 años esplendorosos
Amalia de Llano y Dotres, Condesa de Vilches, en la obra pintada por el Maestro Federico de Madrazo en 1853.
Amalia de Llano y Dotres, Condesa de Vilches, en la obra pintada por el Maestro Federico de Madrazo en 1853.

El pasado 29 de abril, fecha en la que casualmente cumplía años mi madre-abuela Carmen Rosa Medellín, fue el 200 aniversario del nacimiento de una mujer fascinante, Amalia de Llano y Dotres, de quien he estado enamorado a través de un cuadro. Infidelidad que ha consentido mi esposa Patricia, porque este es ejemplo de un inocente amor platónico, como el que inspiran las estampas religiosas para algunas ancianas, o los afiches de actrices, cantantes y modelos para los adolescentes, tan inofensivo como transparente.

Cada vez que paso por Madrid, es visita obligada el Museo del Prado, en particular, la planta baja, sala 61, que me permite admirar a quien domina la estancia, una noble dama, Amalia de Llano y Dotres, Condesa de Vilches, la misma mujer que nació el 29 de abril de 1822 en Barcelona y jamás murió, pues permanece viva en el cuadro pintado por el Maestro Federico de Madrazo en 1853, cuando su protagonista contaba con 31 años esplendorosos.

Amalia de Llano, quien pertenecía a la burguesía comercial catalana, contrajo nupcias en 1839 con Gonzalo de Vilches y Parga, abogado, diplomático y político, con quien tuvo dos hijos, Gonzalo y Pilar. En 1848 la Reina Isabel II designó al esposo de Amalia, con el título de Conde de Vilches, encumbrando a la familia a la aristocracia madrileña, pues para la fecha, residían en la capital del Reino de España. Esto comprueba que no hay contradicción ni paradoja, si uno habla de alguien que procede de Barcelona y no es republicano, sino convencido monárquico, como Amalia, quien en plena revolución de 1868 (la Gloriosa, primera sublevación con tintes democráticos), escribía a favor de la monarca depuesta, aquella que fue llamada la Reina de los tristes destinos.

Amalia tuvo una vida intelectual activa, hoy sería vista como promotora cultural, organizadora de obras de teatro y veladas literarias, pero ella misma fue artista, actriz y escritora, interpretaba el piano y publicó las novelas 'Ledia' y 'Berta'. La casa de los Condes de Vilches era frecuentada por intelectuales y artistas, dentro de los que se destacaba Federico de Madrazo, uno de los grandes representantes del romanticismo pictórico, especialista en retratos y quien fue además director del Museo del Prado, en donde reposa uno de los mejores exponentes de su arte, el retrato que hizo de Amalia.

"Todos los críticos pictóricos hablan de la sonrisa de la Gioconda, pero creo que pocas expresiones más bonitas y simpáticas en la historia del arte que la de la Condesa de Vilches, pero no es sólo el gesto de la pequeña boca. Es, ante todo, su mirada"

No soy experto en arte, pero ese cuadro es de una delicadeza consumada en los finos trazos, en las sombras que se intuyen, en las luces que iluminan la belleza de una extraordinaria mujer. Todos los críticos pictóricos hablan de la sonrisa de la Gioconda, pero creo que pocas expresiones más bonitas y simpáticas en la historia del arte que la de la Condesa de Vilches, pero no es sólo el gesto de la pequeña boca. Es, ante todo, su mirada. Hay personas como Amalia, o como mi amada Patricia, que tienen miradas con vida propia, personas con la virtud sensual de reír con los ojos y eso muchos lo encontraron patente, en medio de la última pandemia y cuando las mascarillas eran obligatorias, encontrando esa rara y preciosa condición.

La bella intelectual, artista y aristócrata va enfundada en un vestido azul, entre pliegues y volandas, con un escote hombros caídos, coqueto y discreto al mismo tiempo, el sedoso cabello negro que se alcanza a diferenciar de la penumbra, organizado en un complejo peinado, que parece sencillo, dividido en rayas y moñas (peinado al bandós), en su mano izquierda lleva un abanico de plumas, aunque podría haber sido mejor una sola pluma, la que le permitía desempeñar su oficio de escritora. Llama la atención el sentado de la protagonista, que no parece ser muy cómodo, para alguien que está posando, pero deja ver la cualidad de alguien interesado en su interlocutor, una simpatía natural que se refleja en la obra.

Cuando hay belleza en un retrato, hay mérito del artista, pues hay muchos casos, en los cuales hay un efecto embellecedor en el lienzo, pero quizás el esfuerzo sea mayor cuando el resultado no es inferior a la belleza de la modelo. El cuadro fue ordenado por la propia Marquesa, aunque el pintor le dio precio de amigo, dejándolo en la mitad de lo que solía cobrar por aquellos días. Seguramente la satisfacción del autor, cubría cualquier saldo pendiente, es posible que estuviera convencido que aquel retrato sería su obra maestra.

Para quienes no han tenido el placer de visitar el Museo del Prado, o peor aún, aquellos que visitándolo se han perdido la sala 61 de las salas del siglo XIX, dejo la imagen de ese precioso retrato, el de una Condesa que reluce en su marco. Sea el momento para desearles a Amalia y a Carmen Rosa, un extemporáneo pero sincero saludo de cumpleaños, con mi cariño para las dos y mi amor para Patricia.

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Dixon Moya es diplomático colombiano de carrera, escritor por vocación, lleva un blog en el periódico colombiano El Espectador con sus apellidos literarios, en el cual escribe de todo un poco: http://blogs.elespectador.com/lineas-de-arena/  En Twitter a ratos trina como @dixonmedellin

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