sábado. 24.02.2024

Los cambios climáticos

"La fiesta apenas comienza, hay que esperar julio y agosto, cuando la temperatura llega a los cincuenta grados centígrados"
Torre del viento en Dubai. (Patricia Mogollón)

Acabo de leer a mi vecino de columna en EL CORREO DEL GOLFO y colega diplomático, Oreste Del Río, a quien no tuve oportunidad de conocer personalmente durante mi experiencia en Abu Dhabi en la Embajada de Colombia, pero de quien me complace saber que comparte mi pasión por la escritura. Mencionaba Oreste –de manera abusiva lo llamaré por su primer nombre, espero perdone la excesiva confianza-, su experiencia climática durante estos primeros meses de su estancia en los Emiratos Árabes Unidos y la manera como se sorprendió con la fresca temporada desde noviembre y el cambio radical que se produjo llegado mayo.

Mientras leía a Oreste, pensaba que si un panameño se queja del calor (él bien apunta que en Ciudad de Panamá, la temperatura puede llegar a 35 grados), cómo fue posible que un bogotano como yo pudiera sobrevivir durante el inclemente verano emiratí. Para quienes no conozcan Bogotá, les informo que la capital colombiana, por estar ubicada en un valle entre las montañas andinas, a una altura de 2600 metros, tiene una temperatura promedio en el año de 15 a 20 grados centígrados. Claro está que en enero, la temperatura durante las madrugadas puede estar cerca a los cero grados.

Esto para decir, que lo más duro que tiene EAU es el verano, especialmente de junio a septiembre, el cual contrasta con los recintos fríos por obra de los aires acondicionados en espacios cerrados, como centros comerciales o las oficinas de trabajo. Siempre a mis amigos en Colombia los ilustraba con un ejemplo doméstico, es como si uno estuviera en la cocina y tuviera que meterse al horno encendido, luego se desplazara a la nevera y viceversa.

Estimado Oreste, la fiesta apenas comienza, hay que esperar julio y agosto, cuando la temperatura llega a los cincuenta grados centígrados (es mejor decirlo no con números, sino con todas sus letras) y realmente puede ser riesgoso para la salud aventurarse a realizar actividades físicas en el ambiente exterior. Ahora bien, la vida es paradójica, soy bogotano y amo mi ciudad, pero he descubierto que soy alérgico al frío y mi organismo se adapta de buena manera al clima caluroso, el resultado es que me enfermo mucho más en clima frío y por ello, no es extraño que sufra resfriados pasajeros y gripes eternas.

Cuando pienso en el calor de Emiratos, me maravillo al pensar en los antiguos habitantes de ese territorio, quienes debían atravesar el desierto a lomo de camello, bajo esas temperaturas. Sin duda uno de los desarrollos arquitectónicos más interesantes, fueron las torres de viento de las casas del desierto, que captaban los escasos vientos, distribuyéndolos en toda la estancia, refrescando a sus habitantes, como la de la imagen que ilustra esta nota, fotografía tomada por mi esposa Patricia.

Sin duda un pueblo admirable el emiratí, que siempre se ha adaptado a las inclemencias naturales, una constante hasta hoy día. Tan maravilloso como el organismo del ser humano, que logra acomodarse a las diferentes grados del termómetro. Hoy rememoro el calor de Emiratos, mientras observo la pertinaz llovizna de esta madrugada bogotana y suenan truenos a lo lejos. 

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Dixon Moya es diplomático colombiano de carrera y escritor por vocación. Si desea leer otros artículos, el autor cuenta con un blog en el periódico El Espectador de Bogotá, que lleva con sus apellidos literarios: http://blogs.elespectador.com/lineas-de-arena/

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