Nota preliminar 1: Como cada año, he realizado el ritual de empezar el año escribiendo, así que reproduzco en este espacio, el texto que he publicado el 1 de enero en el blog que llevo en el periódico El Espectador de Bogotá, con mi nombre literario (Dixon Acosta Medellín).
Nota preliminar 2: Cumplo 30 años de estudiar en una Maestría, de la cual no pude graduarme, por no hacer la tesis escrita, lo cual parece un contrasentido en alguien que le gusta escribir tanto, pero así fue. Rescato un apunte económico de aquel curso, ahora que estoy cursando un Máster, que espero terminar, como propósito fundamental del 2026.
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Recuerdo cuando era estudiante de la Maestría de Problemas Políticos, Económicos e Internacionales Contemporáneos de la Universidad Externado de Colombia en alianza con la Academia Diplomática de San Carlos (el verdadero problema era aprenderse el nombre completo de la maestría) y tuvimos un joven profesor francés de economía, quien todavía desconocía las particularidades colombianas y uno de sus primeros choques culturales fue descubrir en donde guardábamos el dinero, es decir, debajo del colchón.
El catedrático francés no podía creer que tuviéramos la costumbre de confiar más en el colchón que en un banco, eso era una especie de atentado a su razonamiento metódico cartesiano. Cómo era posible que en Colombia a finales del siglo XX y que además unos aspirantes a diplomáticos dijeran sin asomo de pudor, que guardaban sus ahorros en la cama. ¡Oh, mon Dieu!
En cualquier caso, creo que hay un motivo de fondo y es que la razón de ser de la banca nacional e internacional es la confianza. Uno debe confiar mucho en una persona o en una entidad para darle a manejar su dinero, muchas veces el producto de una vida de esfuerzo y trabajo. No han sido pocos los casos en el mundo, en los cuales prestigiosos representantes de tradicionales entidades han robado a los ciudadanos, por lo cual, no es tan ilógico que haya gente que prefiera pasar los riesgos de tener el dinero bajo su propio cuidado.
Ahora bien, observo que los colombianos no somos los únicos que tenemos esa ancestral costumbre. Se han registrado noticias de personas en diversos países, que se declaraban en bancarrota porque por error habían desechado sus colchones, en donde conservaban sus fortunas. Hace unos años en Estados Unidos, autoridades descubrieron 20 millones de dólares en el colchón de un sospechoso de lavar dinero. Parece que lo lavaba, lo secaba, le ponía pijama y luego lo dejaba durmiendo.
El recordado profesor de nuestra historia, cuyo nombre omitiré, pero que todos los estudiantes de la época recordamos con simpatía, tengo entendido que residió en Colombia por largos años, incluso se casó en nuestro país, por lo cual no sería extraño que al final, también hubiera sucumbido a la primitiva costumbre de usar el colchón como su banco de confianza, el que le garantizaba dulces sueños.
Debo advertir que en mi caso, no guardo mis ahorros en mi cama, esto para desalentar a potenciales amigos de lo ajeno y tranquilidad de mis profesores actuales de economía, confío en el sistema bancario colombiano y espero que en el 2026 siga tan estable como lo ha sido tradicionalmente, con alguna notable excepción que en su momento el periódico El Espectador denunció a tiempo.
A propósito, para el amable lector que se ha tropezado con estas líneas, desearle lo mejor en este nuevo año, con salud, bienestar, sonrisas y ahorros, los tenga o no bajo el colchón.
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Dixon Moya es diplomático colombiano de carrera, escritor por vocación, lleva un blog en el periódico colombiano El Espectador con sus apellidos literarios, en el cual escribe de todo un poco: http://blogs.elespectador.com/lineas-de-arena/ En lo que sigue llamando Twitter lo encuentran como @dixonmedellin y explora el cielo azul en Bluesky como @dixonacostamed.bsky.social.
