sábado. 15.08.2026

Temblores

El fuerte terremoto de 7.4 grados sufrido en Colombia el pasado lunes 10 de agosto nos ha traído tristeza, pero también sentimientos de solidaridad y agradecimiento que nos reconcilian con el ser humano
Imagen de la catedral de Manizales, que será símbolo de la tragedia pero también de la esperanza. (Fuente externa)
Imagen de la catedral de Manizales, que será símbolo de la tragedia pero también de la esperanza. (Fuente externa)

Había planeado una nota que recordaba una anécdota entre nostálgica y festiva, relacionada con los reinados de belleza en Colombia, pero no será esta semana, porque como no podía ser de otra manera, hay que dedicarla al tema que literalmente nos sacudió a los colombianos, en todo sentido, el fuerte terremoto de 7.4 grados sufrido el pasado lunes 10 de agosto y que nos ha traído tristeza, pero también sentimientos de solidaridad y agradecimiento que nos reconcilian con el ser humano.

Con mi esposa Patricia, no somos ajenos a las experiencias sísmicas, que conocimos en Nicaragua, nuestro primer destino diplomático como pareja entre 2003 y 2007. Tuvimos varios episodios, recuerdo con claridad el primero, cuando llevábamos pocos días en Managua y a medianoche de un miércoles Patricia me despertó porque estaba temblando. En mi caso, soy de sueño pesado y profundo, mientras me despertaba ya había pasado el sismo y trataba de tranquilizarla negando que hubiera temblado. 

A la mañana siguiente, las noticias confirmaban a mi esposa, un movimiento telúrico de poca intensidad. Patricia aparte de GPS, cuenta con detector sísmico incorporado. Observamos que, para los managüenses el fenómeno no había resultado especialmente destacable y aprendimos que, en la tierra de lagos y volcanes, son muy frecuentes esos fenómenos tectónicos. Los más viejos, recuerdan con pavor el terremoto de 1972 que partió en dos la historia de Managua y que guarda como recuerdo permanente las ruinas de la antigua catedral de la ciudad. Allí también aprendimos un nuevo término, el enjambre sísmico, una sucesión de pequeños temblores que se van encadenando, dejando una sensación de movimiento perpetuo.

Pero sin duda, el más impactante sucedió un sábado, mientras veíamos televisión a media tarde. Comenzó un movimiento del suelo en forma vertical, algo que parecía imposible, el suelo oscilaba de arriba hacia abajo. Lo más misterioso es que luego de pasado el fenómeno no había baldosas quebradas. Pero lo peor, fue al salir de la casa, al escuchar el rugir de la tierra, el grito de un animal prehistórico encerrado en las entrañas del subsuelo, intentando salir a la superficie, algo espantoso, que afortunadamente no dejó víctimas o daños materiales. Encontramos un lazo de similitud entre los dos pueblos latinoamericanos, los nicaragüenses igual que los colombianos, a pesar de las calamidades no pierden la capacidad de sonreír y de levantarse tras las caídas.

El lunes pasado en Bogotá, con Patricia experimentamos el más reciente de los sismos, ella se encontraba convaleciente de una cirugía que le practicaron el sábado anterior, por lo cual, prepararnos y bajar por las escaleras desde nuestro cuarto piso, nos tomó como veinte minutos, cuando incluso algunos de los vecinos ya regresaban a su hogar. En nuestra personal clasificación de temblores, fue de los más fuertes, pero no sospechábamos la muerte y destrucción que trajo al precioso eje cafetero o al occidente de Colombia. Impactantes las escenas que luego vimos desde Quibdó, Cali, Manizales o Pereira y de otras localidades de esa amplia región del país. 

Ahí fue cuando comenzaron otros temblores, los del alma, que pueden ser de dolor y tristeza, pero también de agradecimiento y júbilo, por ejemplo, cuando los rescatistas sacaron de los escombros a un bebé y a su madre, con vida. Pensamos en las víctimas, sus familias y allegados, deseando el descanso eterno para los fallecidos y el consuelo para quienes les sobreviven, como esa imagen de la catedral de Manizales, que será símbolo de la tragedia, pero también de la esperanza. Todo el reconocimiento a quienes han ayudado, colombianos y extranjeros. Como suele pasar, en la desventura surge la solidaridad colombiana, que es tan inmensa como nuestra amabilidad innata. 

Aparte de oraciones y buenas intenciones, quiero unirme para colaborar con lo sucedido. Si alguien que lea esta columna, tiene desaparecido a un familiar o amigo en Colombia por el terremoto, la Cruz Roja Colombiana ha habilitado el siguiente canal: 

Como decimos en Colombia, Dios se lo pague. 

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Dixon Moya es diplomático colombiano de carrera, escritor por vocación, lleva un blog en el periódico colombiano El Espectador con sus apellidos literarios, en el cual escribe de todo un poco: http://blogs.elespectador.com/lineas-de-arena/ En lo que sigue llamando Twitter lo encuentran como @dixonmedellin y explora el cielo azul en Bluesky como @dixonacostamed.bsky.social.

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