miércoles 1/12/21

El carnet de los borrachos

Desde España sigue siendo una pregunta recurrente. Por saber que el Islam prohíbe las bebidas alcohólicas y también, por la confusión que solemos tener respecto a los países del Golfo. Yo hablaré sobre Qatar, que es lo que conozco. Según me cuentan mis amigos que viven en otros países de la zona, en el resto de ellos no es muy diferente, quizá existe más permisividad de la que tenemos aquí, pero el sistema es parecido. A excepción, eso sí, de Arabia Saudí. Allí el alcohol está totalmente prohibido por ley. Ni consumir, ni comprar, ni vender. Ni siquiera soñar con él. Dicen las malas lenguas que en cada hogar existe una destilería casera que no tiene mucho que envidiar a las habituales durante la ley seca.

El caso es que el consumo y provisión de alcohol está restringida en todo el país. Cuando llegas al aeropuerto los escáneres detectan el líquido en tu equipaje. Una vez me traje una botella de horchata concentrada y, al pasar por la aduana, aquello pitó y me pidieron que abriera la maleta. Por la horchata estaba tranquila. Chufa, azúcar y agua. Estuve por decirle a la chica que si no me creía, que la probara para asegurarse de que no tenía alcohol, pero me callé, mejor no hacer bromas...

No, no se puede introducir alcohol en el país. En Omán, donde he pasado el fin de semana, compramos unas cervezas en el Dutty Free y no hubo problema al pasar los controles. Sí... el Sultanato es más flexible.

¿Y dónde beber en Qatar? Pues en los hoteles de cinco estrellas, que albergan restaurantes, clubs y discotecas y poseen licencia para servir. A precio de oro, eso sí. Pero es legal. Cuando llegas suelen pedirte el carnet o pasaporte. En primer lugar, para demostrar que eres un ciudadano legal y también, porque existen restricciones. No tengo muy claro en qué consisten, pero sí se lee en la recepción que las chicas qataríes no están autorizadas a entrar en esos lugares de pecado. En fin, al menos es una opción para tomarse una copa.

Y ahora, lo más divertido: la licorería o, como la llamamos con cariño, la tienda de borrachos. He dicho "la" porque solo hay una en todo el país. Y para acceder a ella necesitas ciento cincuenta permisos y documentos previa recogida de la tarjeta que te autoriza a entrar y a comprar. Un guardia de seguridad se coloca en el acceso y solo permite entrar a quienes poseen la tan valorada tarjeta.

Durante mis tres primeros años en el país no pude comprar alcohol. Además, solía salir con amigos musulmanes y tampoco frecuentaba muchos clubs. Es por eso que cuando voy a España de vacaciones necesito medir lo que bebo. No sé si para bien o para mal, pero mi cuerpo ya no tolera lo de antaño.

Una vez que conseguí el visado en mi actual empresa, rauda, solicité el permiso (sí, necesitas un permiso de tu jefe para obtener la tarjeta). Por eso nunca la pedí en mi anterior empleo. Mi jefe era un afgano con una barba que le llegaba hasta los pies y peregrinaba a la Meca cada año. No habría sido una buena idea. De hecho, nadie la tenía. Ni siquiera los cristianos. Por cierto, cuando entregas todos los documentos en la oficina de la tienda de borrachos, dos de las casillas que tienes que rellenar son nacionalidad y religión. No estoy segura de que la autoricen para todos los públicos. Tampoco de que algunos que gustan de beber se atrevan a pedirla. No quedaría muy bien si te llamas Mohamed o Fatima.

En fin, entes del verano conseguí mi autorización y el carnet de miembro para entrar en la tienda. La primera vez que acudí faltaban unos días para Ramadán (mes en el que cierran), así que todo el mundo se afanó a rellenar sus alacenas con muchas provisiones. Y yo me dispuse a vivir la aventura de entrar allí por primera vez. Solo compré bebidas para mí porque está prohibido hacerlo para otros o sacarlas para tus amigos. De hecho, existe un límite de gasto mensual que es proporcional a tu sueldo. Esto lo hacen para que la gente no se dedique a la reventa.

También se oyen historias sobre qataríes que gestionan los permisos a sus chóferes y ellos van a comprar los encargos como si fueran propios.

La tienda por dentro es como un pequeño supermercado dividido en secciones: cerveza en un pasillo, vino al fondo y una estantería muy larga organizada según los licores. Lo más característico es el tintineo constante que se escucha, el clin clin clin de las botellas al chocar. Y los precios, los precios también son muy característicos. Y aun así más baratos que en los hoteles, donde se paga de 8 euros en adelante por una cerveza.

Si el establecimiento en sí es un lugar de pecado, todavía hay una zona donde este sube de categoría: la sección del cerdo. Nunca he cruzado ese umbral porque suelo ir con prisa, no necesito cerdo para vivir (ni lo echo de menos) ni estoy dispuesta a pagarlo a precio de la más exquisita y selecta de las carnes. Pero existe. Venden cerdo.

Y, para todos los que me preguntan desde España sobre el tema del alcohol, así es como lo vivimos en Qatar. En Bahréin y Oman es parecido pero un poco más relajado. En Saudi se sanciona hasta pensar en él y en EAU, depende del Emirato, existe más o menos flexibilidad.

En mi caso el alcohol no es imprescindible para vivir. Aunque ahora que estoy autorizada por ley, siempre tengo unas cervecillas en casa.

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