sábado. 03.12.2022

Y tú... ¿cocinas o disfrazas?

"No pienso que los establecimientos de comida rápida sean antros de perversión colesteroidea"

A su correo estoy muy hecha, la verdad. Es el único que he manejado desde que me digitalicé, me puse una arroba pegada al nombre  y pude dejar de bajar a la farmacia ocho veces al día a recepcionar y enviar faxes. Que luego compraba -en devueltas del favor- que parecía que tenía montado en casa un hospital clandestino.

No me quedaba otra. Era una periodista free-lance con despacho en casa y sin infraestructura –ni un misero mueble vacío- para poner un fax, o una fotocopiadora. Pero para lo de dar noticias, la página de inicio de yahoo es muy pero que muy mala. Primero te alarma para obligarte a abrir pestaña -en los dos sentidos-, y luego provoca que se te escape un suspiro de alivio. Y una ya no está para esos carruseles emocionales.

Me pasó esta mañana. Leo preocupada un titular que dicta que Si tus hijos te llaman mala es que eres muy buenaUfff…. Me preocupa. Mucho. Que de mí no tienen mucha queja… Abro, sigo leyendo, y descubro que el artículo es referente a la alimentación. Algo así como que cuanto más tiempo tarden y luchen contra comerse la comida del plato, mejor les estás alimentando. Y yo eso no… más bien todo lo contrario.

A sus ojos, más bien soy la «pringada» esa que se viste a las 22:30 de la noche y baja a comprarles sus cereales favoritos para el desayuno porque los han devorado a la hora de la merienda. Y eso que estaban escondidos en lo alto y todo.

También les dejo tomar refrescos con azúcar cuando su llanto supera los decibelios soportados por mi frágil oído. Y no pienso que los establecimientos de comida rápida sean antros de perversión colesteroidea. No. A veces, hasta les convenzo yo para llamar a cualquier «bendito telebasura» cuando se me pasa la hora de la cena y estoy cansada para sacar la olla exprés –que pesa mucho y está guardada al fondo del todo-.

Y no, no me pienso pasar media tarde-noche cocinando unas acelgas con bechamel para que mis criaturitas me las escupan a la cara o sobre el mantel –si hay suerte-. No. Para eso tengo conocimientos de nutrición y sé que las misma dosis de vitamina K que tienen la consigo yo echando una cucharada de perejil fresco a sus macarrones. Tampoco me comen zanahorias ni espinacas, pero sus cuerpos rebosan vitamina A y betacaroteno gracias a los cacahuetes y a los pimientos –que les hago a la plancha- y el melón –que les flipa-, y de momento ninguno lleva gafas.

La vitamina C la exprimo de las fresas y les hago unos batidos que se toman de un trago, y para omega 3 y tal, un puding de merluza en el que la merluza va tan disfrazada que aún no han pillado que tiene relación alguna con el pescado. Lo llaman la tarta naranja. Y así con todo. Que en la cena no admito dramas.

En el cole comen de todo, me dicen sus tutores curso tras curso, y hasta repiten pescado cocido y coliflor cuando toca… ¡Serán cabritos! Cuando les pregunté si también daban cenas y desayunos me miraron raro. No me llamarán mala, pero se salen de percentil -a lo largo-  y es raro el día que se ponen malos.

Además, he conseguido que las ensaladas sean para ellos «esa comida especial» que a veces me ruegan que les haga. Toda una proeza. Que yo, desde los 12 a los 26 años, la única verdura que comí fue la que venía entre pan y pan en el Big King.

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Y tú... ¿cocinas o disfrazas?
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