lunes. 22.04.2024

Inti y Amanda, una conexión única

Una gran historia que transcurre en el Singapore y que da sentido al pensamiento de Aristóteles: ´´La amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas´´
Al mirar aquella última foto en la que posaba delante de un gorila mientras cogía de la mano a su querida amiga de la infancia, recordó aquel día en el que con tan solo diez años tuvo el atrevimiento de conducir por las calles de Balikpapan. (pxhere.com)
Al mirar aquella última foto en la que posaba delante de un gorila mientras cogía de la mano a su querida amiga de la infancia, recordó aquel día en el que con tan solo diez años tuvo el atrevimiento de conducir por las calles de Balikpapan. (pxhere.com)

Se quedó dormido con la botella de agua en la mano y al despertarse se dio cuenta de que el líquido se había derramado encima de la cama y las sábanas estaban humedecidas.

Al abrir los ojos y descubrir lo que había pasado comenzó a reírse a carcajadas de sí mismo.

Un sastre con un traje recién hecho llamó a la puerta de su habitación. La 365 del famoso Hotel Raffles de Singapur.

Llevaba dos días alojado en aquel lugar, conocido en todo el mundo, por su increíble magnificiencia. Una mezcla por el gusto británico y asiático, con algunos bares frecuentados por famosos actores, escritores y cantantes.

Después de recoger el traje que le acababan de traer, lo colgó en el armario y se dirigió hacia el teléfono con la intención de llamar al conserje del hotel y reservar una mesa en

El Long Bar, quería probar un Singapore Sling, uno de sus famosos cócteles.

—Buenos días—le llamo para preguntarle si es posible hacer una reserva esta noche en El Long Bar.
—Sí, por supuesto. ¿A qué hora?
—A las nueve.
—¿Para cuántas personas?
—Solo para mí.
—Sí, ahora mismo le hago la reserva.

Y le dijo adiós después de agradecerle la llamada.

Una foto del lagarto más grande del mundo, el dragón de Komodo, colgaba de la pared de su oficina.

Acababa de llegar de Indonesia, donde había vivido gran parte de su juventud y aún no había encontrado un apartamento donde fijar su residencia permanentemente.

Su padre diplomático brasileño y su madre empresaria peruana se habían conocido en Italia. Unos años después de casarse le tuvieron a él, un niño de tercera cultura, qué a pesar de no haber nacido en ninguno de los países de origen de sus padres, se sentía como si perteneciese a ambos y hablaba sus dos lenguas maternas.

Desde la silla que estaba colocada delante de la mesa se quedó observando las fotos que había solicitado que colgaran en la pared.

Eran imágenes del lugar donde había nacido en Italia y otras, de algunas ciudades donde había vivido durante sus años escolares y universitarios en Indonesia.

Al mirar aquella última foto en la que posaba delante de un gorila mientras cogía de la mano a su querida amiga de la infancia, recordó aquel día en el que con tan solo diez años tuvo el atrevimiento de conducir por las calles de Balikpapan.

Gambas gigantes y ancas de rana eran algunos de los platos que se podían pedir en aquella cafetería que estaba cerca de su casa.

Inti pidió un Nasi Goreng, el plato típico de Indonesia y Mareta pidió las gambas.

Aún recuerdo aquel día en el que nos escapamos del colegio— dijo Mareta— ¿Cómo se te ocurrió semejante locura? A mis padres casi les dio un ataque al corazón cuando les llamaron para avisarles de que no estábamos en la clase.

Inti abrió los ojos de repente, aquella frase de su amiga seguía resonando en su cabeza.

Allí sentado en su recién estrenada oficina de Singapur no pudo evitar recordar el sonido agudo de la campana del colegio que anunciaba el final del recreo.

Día tras día, un hombre se colocaba delante de la puerta del patio que estaba rota, para vigilar y evitar que los niños salieran.

Era la una y veintisiete y el vigilante se dirigió hacia la recepción de la escuela donde se encontraba la campana.

Entonces Inti le preguntó a su amiga:

—Mareta, ¿has visto la puerta?
—¿Qué le pasa?
—¡Mira, Mira! ¡ Se queda abierta!

Mareta miró la puerta, después se giró hacia Inti y anunció que iba decírselo a la profesora.

—¡No, no! ¡ Espera!— contestó él  alarmado

Entonces se le acercó al oído y le dijo con picardía:

—No hace falta que le digas nada. Creo que la dejan abierta para que podamos salir. El otro día la profesora de matemáticas nos dijo que al que no prestase atención y no le gustase la clase le iba a invitar a salir fuera a tomar el fresco. Creo que se refería a que podemos salir si queremos. A mí no me gustan las matemáticas. ¿Quieres venir conmigo a dar un paseo?

Mareta le miró e inocentemente le preguntó: — ¿Y cuándo podemos salir?

—Ahora que no está el vigilante. ¡Vamos!

Y cogiéndola de la mano la arrastró corriendo por el patio tan rápido como una avestruz.

Al llegar a la puerta el pequeño puso a su amiga delante de él, la empujó haciéndola saltar por los aires, después se apresuró saliendo detrás de ella, mientras le gritaba.

—¡Corre !  ¡Corre! ¡Qué nos ven!

A Mareta le palpitaba velozmente el corazón y sin saber realmente muy bien lo que estaba haciendo siguió a su amigo.

Se dirigieron corriendo hacia el final de la calle y de repente Inti se paró y cogiendo a Mareta en brazos la subió a una tuk tuk que estaba parada allí mismo.

—¡Pero te has vuelto loco, Inti!  ¿A dónde vamos?— le preguntó.
—No te preocupes. Sé conducir, mi padre me ha enseñado.

¡De mayor quiero ser conductor!— exclamó  emocionado, mientras arrancaba  el triciclo motorizado, tiritando de miedo por lo que acababa de hacer.

De repente un hombre que estaba cerca de ellos sin pensarlo dos veces, al ver a los dos niños pequeños morenos, llamó con un silbido la atención de un agente de policía que estaba parado en la acera de enfrente señalándoles con el dedo mientras conducían calle abajo.

Al llegar al primer semáforo Inti frenó bruscamente, entonces el policía que rápidamente había tomado su moto se les acercó, se paró a su lado y les dijo:

—¿A dónde creéis que vais? ¡Bajaros inmediatamente de esa tuk tuk! Y agarrando al niño de la mano le bajó del vehículo.

Mareta le siguió mientras lloraba desesperadamente. Y él, al darse cuenta de que les habían pillado, sintió una gran pena por su querida amiga. Se giró y antes de que el policía le agarrase de la oreja le dio un fuerte abrazo diciéndole:

— Lo siento, solo quería vivir una gran aventura.

Inti abrió los ojos recordando aquel momento y lo mal que se sintió cuando vio a los padres de su amiga llegar. El colegio les había informado, después de que la policía les llamase. Llegaron media hora más tarde a recogerles.

—Locuras de infancia— recordó con añoranza.

Debía ordenar su oficina nueva y enviar algunos emails. Antes de las nueve de la noche tenía que regresar al hotel y visitar el Long Bar, su famoso coctel le estaba esperando.

—Buenas noche caballero, por favor pase usted. ¿Tiene una reserva?
—Sí, en la barra del bar, a las nueve.

Inti siguió al camarero hasta el lugar que le habían reservado. Después se sentó, tratando de emular a Hemingway y pidió la famosa bebida.

Cientos de cáscaras de cacahuetes cubrían el suelo de aquel lugar. El Singapore Sling  estaba bien cargado de ginebra y la bolsa de frutos secos que le sirvieron con él, tenía escrito el nombre  del Hotel Raffles en la parte de fuera.

—Curiosa tradición— pensó— Singapur, uno de los países más limpios del mundo, dónde tirar basura al suelo estaba estrictamente multado.
 —¿Permitían tirar cacahuetes al suelo en aquel bar?— no pudo evitar que se le dibujara una  sonrisa en la cara.

De repente escuchó una voz femenina que le hablaba diciéndole:

— Por tus gestos puedo adivinar que probablemente estamos pensando en lo mismo.

Inti se giró descubriendo a una mujer vestida de color rosa que estaba sentada a su lado.

—¿A qué te refieres? ¿Cómo puedes saber lo que estoy pensando?
— Soy una mujer intuitiva—le contestó mirándole a los ojos—Llevo un rato observándote. Estoy segura de que estabas pensando en cómo es posible que haya tantas cáscaras esparcidas por el suelo en esta ciudad tan limpia.
Inti, quedó totalmente alucinado con el comentario de aquella mujer tan misteriosa.
—Me llamo Inti. Un placer—le dijo y alargó su mano para saludarla.
—Inti, precioso nombre. ¿Eres el Dios del Sol Inca?
—Efectivamente, mi origen es peruano y llevo su nombre con gran honor. ¿ Y tu nombre es?
—Amanda Iriade, soy  del norte de España. Mi nombre también tiene un lindo significado: ¨La que debe ser amada, la más deseada.’’

Inti se quedó totalmente atrapado con la mirada de aquella desconocida y su curiosidad le incitó a saber más sobre ella.

— ¿Cómo era posible qué hubiese adivinado lo que estaba pensando?

Comenzaron a hablar, las horas pasaron sin apenas darse cuenta. Ambos sintieron que casualmente tenían muchas cosas en común y comenzó a surgir una conexión muy especial entre ellos.

De repente Amanda se dio cuenta de que podía leer cada uno de los gestos de su cara cómo si le conociese desde hacía mucho tiempo, sintió la imagen de aquel hombre reflejada en ella, como si   estuviese mirándose a sí misma en un espejo. Entonces la piel se le erizó y se dio cuenta de que algo fuera de lo normal estaba ocurriendo en aquel preciso momento.
                                      ¿Acababa de tener una conexión de alma?

Inti también podía leerla muy bien, estaba observando cada una de sus expresiones faciales y antes de que ella terminase sus frases, ya podía intuir lo que iba a decir.
De repente sus voces sonaron al unísono y dijeron: —  ¿Por qué no pedimos algo de cenar?

Perspectiva exterior del hotel Raffles Singapore. (Fuente externa)
Perspectiva exterior del hotel Raffles Singapore. (Fuente externa)

Ambos quedaron raramente sorprendidos al darse cuenta de lo que había pasado, entonces se miraron el uno al otro, sin saber muy bien  que decir y sintieron aquella extraña telepatía que acababa de surgir entre ellos.

—Salmón con espárragos trigueros y puré de patatas suena bien— dijo Amanda.
—Yo prefiero carne—contestó Inti mientras ojeaba el menú.

Después de cenar y tomar varios cócteles, Amanda sacó una foto de su bolso y se la mostró a Inti.

En ella se podía ver la imagen de dos amigos. Dos niños pequeños morenos subidos a una tuk tuk.

Inti miró la foto con curiosidad. Levantó la ceja derecha y de repente se sintió incómodo delante de  Amanda.

—¿ Quiénes son esos niños?— preguntó con curiosidad.
—Se llamaban Francesco e Inda— respondió Amanda. Era mi hijo y su amiga. La foto fue tomada hace muchos años cuando vivíamos en Indonesia.

Inti permaneció mudo y frunciendo el ceño.

—¿Ya no viven?—preguntó.
—No, ya no viven. A la salida del colegio, como cada tarde cogieron una tuk tuk para regresar a casa. El conductor aquel día tuvo un fatídico accidente cuando se le cruzó una moto por delante de él y los niños fallecieron.
—Lo siento mucho—contestó Inti— Yo también viví en Indonesia durante mi infancia y montaba en tuk tuk.

Entonces Amanda, levantándose de la silla, dejó su famoso cóctel de color rosa que hacía juego con su vestido encima de la barra y se le acercó para despedirse, le dio un beso en la mejilla y antes de marcharse le dijo:

—Tu nombre es Inti, el Dios del Sol Inca. Su mujer fue Mama Quilla, su hermana mayor, la Diosa de la Luna.
Mi hijo Francesco y su amiga Inda  tenían una conexión única que se perdió para siempre.

Cómo decía Aristóteles: “La amistad es un alma que habita en dos cuerpos; un corazón que habita en dos almas”

Ha sido un placer conocerte. Quizás tú y yo nos volveremos a encontrar en algún otro momento de nuestras vidas, al igual que estoy segura de que mi hijo y su amiga también lo harán.

Todos los días coincidimos con personas. Sin embargo conectar con alguien  es una experiencia mágica, especial y única.

Y cogiendo su bolso, después de arreglarse coquetamente el cabello se alejó del Long Bar dejando a Inti boquiabierto.

Inti y Amanda, una conexión única
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