viernes. 07.10.2022

Amor exprés en Omán

Unas horas en Muscat, una recóndita playa repleta de fósiles y un reducido bikini bastaron para que un joven taxista se enamorara perdidadamente de una turista hasta el punto de ofrecer un coche si se casaba con él
La recóndita e ineaccesible cala de los fósiles en Omán. (Cedida)
La recóndita e ineaccesible cala de los fósiles en Omán. (Cedida)

Ahora que la tragedia se ha cebado con el Sultanato de Omán, en cuyas costas el mar se ha tragado literalmente a decenas de personas que, con inconsciente imprudencia, admiraban el espectáculo que ofrecían enfurecidas olas, un buen amigo me ha recordado una historia que vivió hace una década precisamente en Muscat. Coincidimos hace sólo unos días en Dubai. Estábamos hablando de lo inesperada que a veces es la muerte y terminamos conversando de la imprevisibilidad del amor.

Sucedió en la costa, a pocos kilómetros de la capital omaní, aunque en este caso las aguas estaban más tranquilas. Era final de junio y acababa de aterrizar en el viejo aeropuerto de Muscat junto a su entonces novia y a una amiga común en lo que era una escala aérea hacia su destino final, Dubai. Procedían de Barcelona y estaban iniciando sus vacaciones en una tierra que nunca antes habían pisado y de la que lo desconocían todo.

Me dijo que como tenían varias horas de por medio hasta volverse a subir en el avión decidieron darse una vuelta por Muscat. Cuando aterrizaron era de noche, pero pronto se hizo de día, poco después de las 4 de la mañana. Tomaron un taxi que les llevó hacia el centro histórico de la ciudad, situado en la Corniche, junto al puerto. Era un zoco repartido por estrechas y maltrechas callejuelas que a esas horas se encontraba desierto. Todas las tiendas y los bares estaban cerrados, por lo que, como hacía bastante calor, pensaron que podían aprovechar para ir a alguna playa. Tras hacerse con unos refrescos en un puesto que descorría las persianas, así lo hicieron.

Amanecer en una callejuela de la parte antigua de Muscat. (Cedida)
Amanecer en una callejuela de la parte antigua de Muscat. (Cedida)

Volvieron a subir a un taxi. Casualmente pasó uno por allí y lo pararon. Como buenamente pudieron le explicaron al conductor que querían ir a una playa. Les contestó que había que salir de Muscat. Dado que el camino iba a ser más largo de lo previsto, le preguntaron cuánto les iba a costar el desplazamiento ida y vuelta. El precio resultó ser desorbitado. Aún así siguieron adelante.

"Aunque la playa era maravillosa, a las dos chicas les resultaba incómodo darse un baño ante la atenta mirada de aquellos hombres"

El joven taxista, a gran velocidad, puso rumbo a la playa. Subieron y bajaron montañas durante bastante tiempo, lo que comenzó a inquietarles, hasta que finalmente recalaron en un punto donde había varios jóvenes junto a unas elementales barcas con pinta de pescadores. Aunque la playa era maravillosa, a las dos chicas les resultaba incómodo darse un baño ante la atenta mirada de aquellos hombres. Nada más quedar en bikini los ojos de sus espectadores brincaron. No estaban acostumbrados a semejante espectáculo.

El taxista, que se percató de la situación, les dijo que no se preocuparan, que iba a ir un momento a su casa, que se hallaba en los alredores, se pondría un bañador y, en la barca de un amigo, que era una de las que flotaban en la orilla, les llevaría a una cala a la que solo se podía acceder por mar y en la que estarían solos y alejados de miradas indiscretas.

La barca que les llevó hasta la cala de los fósiles. (Cedida)
La barca que les llevó hasta la cala de los fósiles. (Cedida)

El tránsito hasta la cala resultó inolvidable. A través de acantilados y rocas dibujadas sobre el agua en incomprensible equilibrio y con arcos por los que se pasaba de un espacio marino a otro, llegaron hasta el lugar. Era una playa pedregosa incrustada en uno de esos fiordos que tanto abundan en Omán. Un sitio de ensueño. Nada más bajar, su novia gritó de emoción al comprobar que las paredes que se elevaban junto al mar estaban pobladas de miles de fósiles. No daban crédito: por casualidad habían llegado hasta un lugar único.

Cada uno se puso a lo suyo: la novia a mirar fósiles e intentar hacerse como recuerdo con uno de ellos, él a fumar tranquilamente en la orilla y la amiga a zambullirse en unas aguas cristalinas y salvajes. El taxista la siguió. El cuerpo de la chica cubierto por un reducido bikini ejercía de enorme imán. Juntos llegaron, con alguna dosis de temeridad, hasta el lugar donde el acantilado se abría al mar y la media luna que conformaba la cala, agua incluida, tocaba a su fin. El paraíso, me dijo.

"Para el taxista observar el cuerpo de una mujer en todo su esplendor suponía una arrebatadora novedad"

Desde aquel momento comenzó a observar que el taxista no le quitaba ojo a la amiga, que iba a donde ella fuera, que no paraba de hablarle, que desplegaba toda su simpatía... Y pensó que era normal. Aunque en aquellos instantes no lo sabía, Omán es un país muy tradicional, presidido por el Islam y donde las mujeres, ni siquiera las turistas -menos aún diez años atrás-, no se bañan en playas públicas. Esa opción, la de bañarse en bikini, sólo es factible en los hoteles de lujo que pueblan la costa del país. De modo que para el taxista observar el cuerpo de una mujer en todo su esplendor suponía una arrebatadora novedad.

En ese plan transcurrieron dos o tres horas tras la cuales subieron de nuevo a la barca y pusieron rumbo a la playa original. Lo sorprendente, al menos para ellos y en aquel instante, ocurrió durante el trayecto de regreso en el taxi a Muscat. Como a esas alturas el taxista ya conocía que eran españoles, comenzó a decirles que él era un enamorado de España, de su cultura, de su música. Y para certificarlo puso un CD con canciones de Manzanita que se sabía de memoria. 

Arco natural en el acantilado que abre el paso por el mar hacia la solitaria playa. (Cedida)
Arco natural en el acantilado que abre el paso por el mar hacia la solitaria playa. (Cedida)

Entre tema y tema fue intentando explicar que le había impresionado la amiga. Pero no de una forma supercial sino profundamente. Su cara lo decía todo. Hablaba con emoción y seriedad, atropellado, azorado por estar exhibiendo sus sentimientos ante unos desconocidos. Hasta que hubo un momento en que, sin más paños calientes, les dijo que quería casarse con la amiga, que se había enamorado perdidamente de ella. Y para dejar claro que sus intenciones eran formales añadió que si se casaba con él le compraría un coche.

La sorpresa de los tres fue tremenda. A él -mi amigo- se le puso cara de póker y a las dos mujeres les dio por reír, lo que no resultaba lo más apropiado teniendo en cuenta la solemnidad de las palabras del taxista, quien a la oferta del coche había sumado que su pretendida podía encontrar un buen empleo de maestra con facilidad, si es que quería trabajar, puesto que él estaba dispuesto a mantenerla.

"Sólo unos minutos después de conocerla, el taxista quería casarse con la chica, y para dejar claro que sus intenciones eran formales añadió que si se casaba con él le compraría un coche"

A partir de ese momento el ambiente en el interior del taxi cambió por completo. Entre ellos se instaló una creciente incomodidad. Ninguno sabía cómo comportarse ante la proposición lanzada por el taxista. La charla dejó de fluir. Y para llegar al aeropuerto todavía faltaba un buen trecho. Lo mejor, pensaron, aunque no lo hablaron, era bajarse del taxi cuanto antes. De modo que mi amigo, según me contó, le dijo al taxista que los dejara en algún hotel internacional que por allí hubiera para comer antes de emprender el vuelo a Dubai.

Con un rostro que hacía tiempo que ya no sonreía, dio varias vueltas y finalmente los dejó ante uno de esos establecimientos. Nada más detenerse, mi amigo le preguntó que cuánto le debía. Y el taxista le dijo que nada. Supuso que, a los ojos del omaní, cobrar a su amada y sus amigos no entraba dentro de lo razonable. A pesar de lo cual, mi amigo sacó varios billetes de su cartera, más de los que le dijo en principio que iba a costar el desplazamiento, y se los ofreció. No los cogió, pero él optó por dejarlos junto a la palanca de cambio de marchas del coche.

Navegando hacia la cala de los fósiles en Omán. (Cedida)
Navegando hacia la cala de los fósiles en Omán. (Cedida)

Finalmente, por circunstancias de la vida, mi amigo se instaló en Emiratos Árabes. Aquí estamos ahora hablando. Y hoy, diez años después de aquello, sigue pensando que la historia del taxista de Omán es la más sorprendente que le ha ocurrido en estas tierras. Y eso que ha vivido unas cuantas. No obstante, volviendo la vista a aquellas horas que un día de finales de julio de 2012 vivió en Muscat, reconoce que lo que más le impresiona no es el exprés y honesto enamoramiento del taxista. No: es aquella recóndita playa. Hoy se le presenta como un sueño convencido de que, ni proponiéndoselo y por más años pase en la región del Golfo, volverá a encontrar una cala como aquella de los fósiles.

Amor exprés en Omán
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