miércoles 18/5/22

El día que nació Noa

"Miro al futuro de Noa y veo una plaza de un pequeño pueblo, el frescor de una casa en verano, la apacible calma de la siesta, alegres horas de juego y comidas familiares mientras la niña crece al margen de los valores que hoy presiden el mundo"
Noa Arciniegas Pérez, en el hospital Juan Ramón Jiménez de Huelva durante su primer día de vida.
Noa Arciniegas Pérez, en el hospital Juan Ramón Jiménez de Huelva durante su primer día de vida.

Noa nació en el preludio de un luminoso y cálido día de primavera. Las romerías tomaban los pueblos de Huelva con cohetes, canciones y palmas después de dos oscuros años de pandemia. La madre de Noa había regresado desde Dubai apenas un mes antes en avanzadísimo estado de gestación. Y su padre, que se encontraba trabajando en Valladolid, voló hacia el hospital Juan Ramón Jiménez tan pronto conoció que el parto era inminente. Llegó a tiempo: a las 01.36 horas del 10 de mayo, corriendo el año 2022, Noa emergió a este mundo y se encontró sin tránsito con el emocionado rostro de sus padres. Fue una niña esperada. Y muy querida desde el mismo instante en que se supo que crecía en las entrañas de su madre, quien, a través de una moderna aplicación, siguió día a día, hora a hora, minuto a minuto, su evolución: cómo se creaban piernas, brazos, ojos, cerebro...; cómo adquiría libertad y comenzaba a mover la cabeza; cómo se formaban cejas, nariz, pelo.... Ya en el quinto mes se chupaba el dedo y daba patadas. Imaginen. 

Un milagro. Hay que detenerse a pensar en todo ello para tomar conciencia de la perfección de un cuerpo que es capaz de crear un ser humano. ¿Cómo es posible? ¿Puede haber algo más importante en este mundo que una persona? ¿Son las ideas más importantes que las personas? ¿O las fronteras, el terruño o eso que llaman patria? Mientras Noa, con sólo unas horas de historia, abría sus espectaculares ojos, las bombas rusas seguían cayendo sobre Ucrania, se pisoteaban los más elementales derechos de las mujeres en Afganistán, se acentuaba en el planeta la brecha entre norte y sur y en España andaban a palos por un tema de escuchas teléfónicas. Por lo visto, se espiaban unos a otros. ¡Menuda novedad!

Miro al futuro de Noa y veo sus manos entrelazadas con las mías -las de su abuelo-, una plaza de un pequeño pueblo, el frescor de una casa en verano, la calma de la siesta, alegres horas de juego y comidas familiares. Tranquilos paseos, esperas a la puerta del colegio, alegría por su caminar y la continuidad de una familia que hoy es más universal: ¡qué grande es la mezcla de sangre y qué cortos de miras son los nacionalismos! Sobre todo los nacionalismos con ADN. Colombia y Andalucía corren unidas por las venas de Noa, que en su rostro refleja la fusión de dos inmensas culturas surgidas de otras tantas: fenicios, griegos, tartesios, romanos, árabes o comunidades indígenas como wayú, kogui, arhuaco, chimila, arzario, yuco yukpa, zenú... ¡Qué riqueza¡

La vida dirá. Y sus padres, por supuesto. Pero hoy observo a Noa y lo último que le deseo es que entre en ese engranaje presidido por la competitividad y el objetivo de ser el mejor. ¿El mejor de qué? El desquiciante proceso -triturador de alma y conciencia- comienza cuando naces y expira con el último aliento. No quiero que Noa sea lo que entendemos como una triunfadora. Me da pánico el consumismo -por lamentable experiencia-. Lo que quiero es que sea feliz junto a sus padres -Jaime y Marta-, que tenga una apacible existencia y que si las fuerzas del universo así lo permiten llegue a realizarse al margen de los valores que hoy dirigen el mundo. Muy mal, por cierto.

De mayor imagino a Noa, de apellidos Arciniegas Pérez, en ese pueblo donde durante su niñez iba de mi mano. La veo derramando la fresca agua de un manantial en los regueros de un huerto que regala dulces y enormes tomates. Y la sonrisa, que ya en el primer día de vida le asomaba en su hipnótica cara, siempre en los labios. De contemplarla, su bisabuelo Francisco habría quedado hechizado. Feliz. Noé, encaramado al legendario monte Ararat, seguro que ambién lo está.

El día que nació Noa
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