Nunca pensé que fuera a dormir en el pasillo de mi casa durante seis noches seguidas. Nunca pensé que mis hijas también lo harían. Ni que mi marido acabaría durmiendo en el baño.
Y aun así, en el séptimo día desde que Irán empezó a atacarnos, nos preparamos para hacerlo otra vez.
Ceno con las niñas en mi cama y luego pasan a las suyas, alineadas a lo largo del pasillo. Violeta con su mantita de dinosaurios. Olivia con la de unicornios rosa. Ya ni preguntan por qué no duermen en sus camitas. Simplemente siguen esta rutina rara que les hemos impuesto.
Ponemos su luz azul, la que les gusta.
Y yo me siento en lo que ahora es mi cama y mi espacio seguro y me pongo a escribir, porque alguien me ha dicho que puede ser una gran terapia.
Así que allá vamos.
Hoy hace una semana que comenzaron los ataques en la región.
Es extraño escribir esa frase. Todavía suena surrealista incluso mientras la tecleo.
Porque la vida aquí, hasta hace nada, era profundamente normal. Normal hasta un punto que desde fuera cuesta entender. Abu Dhabi ha sido probablemente uno de los lugares más seguros en los que he vivido nunca.
Todo funciona. Todo está limpio. Todo está organizado. La ciudad está llena de familias, de expatriados, de niños en parques perfectamente cuidados.
Nunca me había parado a pensar, aunque sea obvio, en la parte del mundo en la que vivo ni en quiénes son nuestros vecinos de enfrente.
Y de repente, un sábado por la noche, empiezan a sonar las alarmas.
Y esa burbuja en la que vivía desaparece.
Hasta hace unos días yo pensaba —como pensamos todos, supongo— que el mundo funciona sobre una especie de base sólida. Que las cosas cambian, sí, pero lentamente. Que los problemas se anuncian, se ven venir, se gestionan.
Pero estos días he tenido por primera vez una sensación muy clara: que no siempre es así.
Que la normalidad es mucho más frágil de lo que creemos.
Que un sábado estás en la playa con tus hijas o mirando disfraces de princesas en Amazon, y el domingo aprendes por primera vez en tu vida a diferenciar el sonido de un dron del de un misil cuando son interceptados.
Y lo más extraño de todo es que la vida sigue.
Sigues despertándote por la mañana.
Sigues haciendo desayunos.
Sigues recogiendo juguetes del suelo.
Sigues discutiendo con niñas de tres años porque no quieren ponerse los zapatos.
Pero en algún lugar de tu cabeza se ha instalado una idea nueva: la idea de que todo podría cambiar en cuestión de minutos.
No es miedo exactamente. O no siempre.
Es más bien una especie de conciencia nueva, incómoda, difícil de explicar. Como si de repente vieras las costuras de la realidad.
Durante estos días también he descubierto algo curioso.
Incluso cuando hay ataques, incluso cuando las noticias hablan de drones interceptados o de sistemas de defensa activándose… la ciudad sigue funcionando.
En ningún momento nada se paró.
Los primeros días miraba a la gente cenando tranquilamente en el restaurante de abajo de mi casa y tenía la sensación extraña de que yo estaba viviendo en otra realidad. Como si hubiera dos ciudades superpuestas: una en la que las alarmas suenan y otra en la que alguien pide otra ronda de queso y decide si compartir el postre. Y las dos existen al mismo tiempo, separadas solo por lo que cada uno sabe.
Es como si la vida tuviera una capacidad enorme para continuar, incluso cuando el contexto se vuelve extraño.
Mis hijas, por ejemplo, no saben nada de lo que está pasando.
No saben que Irán ha lanzado misiles.
No saben que sus padres están leyendo noticias constantemente.
No saben que hay conversaciones de adultos sobre vuelos, embajadas o posibles salidas del país.
Para ellas simplemente estamos más tiempo en casa.
Las clases son online.
Y el parque al que solemos ir lleva unos días sin aparecer en nuestra rutina.
Y eso también me ha enseñado algo: Que los niños no leen las noticias. Leen a sus padres.
Así que Fran y yo hacemos lo que hacen todos los padres en momentos así: actuar como si todo estuviera bajo control.
Yo, por ejemplo, he descubierto que el baño de casa tiene una utilidad nueva: la de recoger mis lágrimas y tirarlas por el desagüe.
Porque al final la vida familiar tiene algo muy poderoso: obliga a que la realidad siga teniendo estructura.
Y luego, a eso de las siete de la tarde, empieza a formarse una bola en la parte alta del estómago que va subiendo poco a poco hasta casi ahogarme.
Porque muchas noches es a esa hora cuando vuelven a la carga.
No todas.
Y creo que es precisamente esa intermitencia la que nos vuelve locos.
A veces me pregunto cómo se toman esas decisiones en algún despacho lejano
¿Qué debe pasarles por la cabeza?
¿Se sentirán poderosos jugando con las mentes de la gente?
