lunes. 26.02.2024

Hace un año que desembarqué en el puerto Sharjah para participar 'in situ' en la puesta en marcha de EL CORREO DEL GOLFO, el primer periódico en español de Emiratos Árabes Unidos y del Golfo Arábigo. En ese momento ya estaba en la red la edición digital gracias al trabajo desarrollado fundamentalmente por Marta Pérez Cruzado desde finales de 2012. Fue el principio. Pero vimos que la creciente población hispana en la zona permitía otras posibilidades y nos marcamos el objetivo de avanzar hacia una edición impresa. Hoy es una ilusionante realidad. Dixon Moya y Patricia Mogollón, dos colombianos apasionados de su tierra y del español.

Un equipo cada vez más numeroso trabaja para llevar adelante el proyecto. Han sido muchos los obtáculos a superar. Y estoy convencido de que el futuro nos tiene reservados otros tantos.

No es fácil. Y aunque se dan las condiciones para consolidar el medio, hay que reconocer que en esta tierra, por más que la imagen que proyecte a nivel internacional sea de lujo y petrodólares, no se atan precisamente los perros con longanizas. Muy al contrario: hay que deslomarse a diario para sacar unos cuantos dirhams en claro a final de mes.

Pero al menos se pueden sacar. Eso es lo importante, sobre todo si se tiene en cuenta que trabajamos en un proyecto en el que creemos y que puede aportar aspectos positivos para poner en valor el buen hacer de miles de hispanos que cada jornada se afanan en estas latitudes por defender brillantes iniciativas.

Nada de esto habría sido posible si no hubiéramos encontrado determinantes apoyos. Si muchas personas e instituciones no se hubieran unido a nuestro sueño. Y en ese terreno la Embajada de Colombia en Abu Dhabi ha jugado un papel decisivo que hoy, en este primer comentario que escribo desde Ras Al Khaimah, el emirato donde se halla la sede de EL CORREO DEL GOLFO, quiero subrayar y agradecer.

Lo último que podía imaginar cuando pisé el emirato de Sharjah es que esta aventura me iba permitir conocer de cerca países que hasta entonces sólo eran para mi puntos en el mapa y nombres cargados de tópicos. Y no me estoy refiriendo a países árabes sino a territorios donde la lengua española hoy puedo decir que se ama incluso más que en España.

Colombia, la tierra de Gabriel García Márquez, es uno de ellos. Desde el principio, el entonces embajador colombiano en Emiratos, Roberto Vélez Vallejo, hoy merecidamente al frente de la delegación diplomática de su país en Japón, y Dixon Moya, ministro plenipotenciario de la Embajada, creyeron en el proyecto. Y nos lo demostraron con hechos.

Las palabras están bien pero tienen corto recorrido. El contacto que he mantenido casi a diario con Colombia a través de sus representantes en Emiratos me ha permitido adentrarme en una tierra amable, trabajadora, emprendedora, ambiciosa y con los pies en el suelo, aspecto esencial porque si se levita se corre el riesgo de perder la estabilidad. He conocido a alguno de sus ministros, que nos ha atendido con suma amabilidad; a sus artistas, que derrochan genio por todos los puntos del planeta; y también a sus deportistas, que en los últimos tiempos demuestran que están a máximo nivel mundial, señal inequívoca de que han crecido y se han formado en un país que funciona. Evidentemente también hay puntos negros, pero cada vez son menos intensos.

Como prueba valga que hoy tienen la paz al alcance de la mano. Pero no sólo ha sido eso. Gracias a Dixon Moya y a su esposa, Patricia Mogollón, a quienes apasionan las letras, especialmente si son españolas, he descubierto a escritores colombianos que me han introducido en la realidad de un país de la mano de textos magistralmente escritos, como corresponde a la patria de García Márquez.

Autores que como Héctor Abad Faciolince o Juan Gabriel Vázquez me catapultaron a un mundo poliédrico que me ha atrapado por la profundidad y honradez de sus historias, de sus personajes y de sus sentimientos. Y todo ello ocurre en Emiratos Árabes. En Dubái, en Abu Dhabi y en Ras Al Khaima. En pleno Estrecho de Ormuz, a sólo unas millas de Irán y a miles y miles de kilómetros de Colombia.

En un desierto donde el español brota con fuerza enraizado en oasis a los que no se presta atención por considerar que carecen de los suficientes pobladores. Que son pequeños. Irrelevantes. Se olvida que la pasión también hace milagros en tierras del Profeta. Y que personas como Patricia y Dixon, desde su humildad y compromiso, son capaces de impulsar el español y de pregonar el buen nombre de Colombia más allá de Atlántico y de Índico, una misión para la cual, encima, les sobra con una simple una regadera. Son grandes.

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