viernes. 21.06.2024

En la primavera del año 711, un contingente bereber comandado por Tarik Ibn Ziyab desembarcó en la bahía de Algeciras. En ese instante, arrancó uno de los periodos más sorprendentes de la historia europea, con la consolidación de Al Andalus, la primera y más duradera civilización islámica en suelo del Viejo Continente. Algeciras fue el primer asentamiento musulmán en la Península Ibérica. De hecho, su nombre procede del vocablo árabe ‘Al Yazira’, que significa ‘La isla’.

La ciudad portuaria es la puerta de entrada a Europa desde África. Ceuta se encuentra a solo 29 kilómetros al otro lado del Mar Mediterráneo. Tánger, a 51. Por este estratégico corredor, atraviesan cada año cientos de miles de magrebíes que trabajan en el corazón de Europa. Trece siglos después de que Tarik pisara suelo español, Algeciras sigue siendo un enclave geográfico decisivo en la intersección de dos mundos. Hoy cuenta con 120.000 habitantes de más de cien nacionalidades distintas. La comunidad islámica representa el 10% de la población, la minoría más numerosa.

Hasta el pasado 25 de enero, el crisol multicultural de Algeciras era un ejemplo de convivencia. Ese día, un joven marroquí de 25 años se adentró violentamente en dos iglesias, asesinó a un sacristán con un machete y dejó malherido a un párroco. El ataque criminal conmocionó la ciudad andaluza y avivó los peores presagios del fundamentalismo radical. Driss Mohamed, portavoz de la comunidad islámica Al Rahma, fue uno de los primeros en personarse en la Iglesia de la Palma para mostrar sus condolencias. Dio el pésame a los familiares, saludó al alcalde y proclamó que el asesino no representa al islam ni a los musulmanes.

Siete días después, Driss Mohamed admite por teléfono que el atentado ha provocado una tensión sin precedentes en Algeciras. “Es normal. Nos ha dolido a todos. No solo a la comunidad cristiana. La gente es inteligente y entiende que ese acto no representa a la comunidad marroquí ni a la musulmana”. El portavoz de Al Rahma sostiene que se trata de un hecho aislado, protagonizado por un “loco” y un “depravado”, que no responde en modo alguno a un fenómeno de radicalización de ningún grupo islamista implantado en la localidad gaditana. “La inmensa mayoría de los musulmanes condena este crimen. Nosotros hemos hecho plegarias y hemos compartido este dolor con todos los vecinos”.

Driss Mohamed lleva 23 años viviendo en Algeciras. Natural de Ceuta, se instaló en la ciudad gaditana para ensanchar su horizonte vital. “Me he sentido acogido desde el minuto cero. Aquí la gente es humilde y está acostumbrada a tratar con la inmigración. Me he sentido como en casa. En Ceuta, compartí parte de mi vida con la sociedad cristiana y aprendí algunos valores. Aquí no hay diferencia”. Actualmente, trabaja en la organización humanitaria ‘Save the children’.

Andrés de la Peña es el delegado de la Asociación Pro Derechos Humanos en Algeciras. Durante décadas trabajó como funcionario municipal y hoy está jubilado. Su compromiso humanitario se remonta a muchos años atrás. Quiere decirse que conoce como la palma de la mano algunos de los desafíos vertebrales de la ciudad. Por ejemplo, el de la inmigración. Uno de los objetivos fundamentales de su activismo social es la denuncia del Centro de Internamiento de Extranjeros (CIE), que ahora apenas acoge a más de 20 personas, dadas las deficientes condiciones de habitabilidad que presentaba.

Somos la frontera sur con Marruecos y África”, sostiene De la Peña, para explicar la intensa presión migratoria que experimenta Algeciras. Con todo, la convivencia es “normal”. Hasta el ataque de la pasada semana, no se había detectado ningún incidente violento ni conflictivo entre comunidades. “Puede haber conatos como en cualquier bloque de vecinos. Pero nada especial”, subraya el activista humanitario. De hecho, la comunidad magrebí se ha manifestado públicamente en alguna ocasión por diversas causas reivindicativas con absoluta normalidad. Y en noviembre pasado celebró el pase a semifinales en el Mundial de Fútbol sin que se registrara incidente alguno.

De la Peña asegura que las relaciones entre todas las comunidades están presididas por la armonía y el respeto. “En la calle no se detecta nada”, señala. Incluso, la comunidad musulmana fue el primer colectivo en pronunciarse en contra del asesinato del sacristán. “Tardaron apenas hora y media en difundir un comunicado”, declara. “El único que ha sacado los pies del plato ha sido el alcalde, que ha pedido más policías. Nosotros ya tuvimos un altercado con él por sus tintes racistas y xenófobos”, asegura el delegado de Derechos Humanos. “El resto ha sido bastante comprensivo. La gente ha sabido distinguir bien quién ha sido el responsable de los actos”.

De la Peña participó personalmente en la concentración popular que se reunió de forma espontánea para condenar el ataque. “Allí estuvieron representantes de la comunidad musulmana, que expresó su solidaridad y realizó sus rezos”. Pese a la mayoritaria reacción de templanza tras el asesinato, algunos bulos que ponían en el foco a los musulmanes circularon días después. El propio portavoz Driss Mohamed lo denunció públicamente. “Se hablaba de una banda organizada, que preparaba atentados en institutos”, lamenta.

La comunidad cristiana, mayoritaria en Algeciras, ha reaccionado con serenidad. Francisco Jesús Mancilla pertenece al colectivo ‘Amigos de Jesús’ y colabora con Algeciras Acoge, una organización social centrada en el asesoramiento jurídico, administrativo y laboral de inmigrantes. “Aparte de este hecho traumático, no recordamos ningún tipo de conflicto interreligioso. Se especulaba con una reacción violenta tras el crimen y la realidad ha sido otra. Más allá de los comentarios oportunistas de Vox y algunos militantes del PP, las declaraciones políticas y de representantes religiosos han ido en la línea de destacar la convivencia ejemplar de Algeciras”, indica Mancilla. El activista cristiano recibió el atentado con “incredulidad” y en “estado de shock”. “Ha sido un hecho traumático. Pero lo que me sorprende para bien y me hace sentir orgulloso es que la gente ha relacionado el atentado con el acto particular de un perturbado y no lo ha vinculado con la religión”.

Mancilla cree que el ataque de las dos iglesias no va a alterar la convivencia en la comarca. Donde sí pone el foco es en las enormes carencias sanitarias, educativas y laborales que afectan a todo el Campo de Gibraltar, que es una zona de especial singularidad por su situación fronteriza y la creciente presión del narcotráfico. “Este joven era un perturbado y la atención sanitaria en salud mental aquí es muy precaria”, enfatiza.

Driss Mohamed también pone el dedo en la llaga de algunas deficiencias esenciales para la comunidad islámica. Por ejemplo, no existe un cementerio musulmán en toda la región. “Si un musulmán no tiene ni siquiera dónde enterrarse, es difícil que se sienta arraigado y parte de la sociedad”, denuncia. Es una vieja reclamación que, hasta ahora, no ha recibido respuesta alguna de los responsables públicos. “Tienen miedo a perder votos”, argumenta el portavoz de la mezquita Al Rahma, una de las seis que existen en Algeciras. “Hay una islamofobia institucional. Es evidente”, subraya.

En la demanda del cementerio islámico, participó de forma activa la Asociación Pro Derechos Humanos de Algeciras. “Nos reunimos con los diferentes imames para solicitarlo”, recuerda Andrés de la Peña. “El de Fuengirola está agotado ya. Parte de la comunidad musulmana apoyó la iniciativa e hicieron un escrito. Pero no le han hecho ni puñetero caso”, se queja.

Siete días después del criminal ataque a las dos iglesias, Algeciras se esfuerza por recobrar la serenidad. La comunidad islámica y la cristiana han dado muestras sobradas de prudencia y respeto mutuo. Muchos grupos trabajan desde hace años por tender redes de confianza interreligiosa. Una vez al año, por ejemplo, celebran una vigilia conjunta en la playa de Tarifa en homenaje a los miles de inmigrantes que dejan su vida cruzando el Estrecho de Gibraltar. Es un gesto humanitario que une a las dos comunidades. La convivencia aquí, en Algeciras, es un bien preciado. Y nadie quiere que un acto violento, por muy trágico que resulte, pueda quebrar este crisol de culturas a las puertas de Europa.

Algeciras, un crisol de culturas en las puertas de Europa