El agua ha emergido como un objetivo estratégico y preocupante en el contexto del conflicto bélico entre Irán, Israel y Estados Unidos. Aunque históricamente han sido poco frecuentes, los ataques a infraestructuras hídricas se están convirtiendo en una amenaza real, con Irán amenazando atacar plantas desalinizadoras en respuesta a daños sufridos en su propia infraestructura.
El ejército iraní, a través de Khatam Al-Anbiya, comandante operativo, advirtió de que si se dañan sus instalaciones energéticas, responderán atacando infraestructura energética, tecnológica y de desalinización perteneciente a EE. UU. e Israel en la región.
Esta advertencia surge tras la exigencia del presidente Donald Trump de reabrir el estrecho de Ormuz en un plazo de 48 horas bajo la amenaza de destruir centrales eléctricas iraníes.
En marzo, Bahréin denunció un ataque con drones iraníes contra una planta desalinizadora, acusando a Teherán de agresiones contra infraestructura civil.
Aunque dicho ataque no afectó el suministro de agua, generó tensiones crecientes. Asimismo, Irán acusó a Estados Unidos de atacar una planta desalinizadora en la isla de Qeshm, que abastece a 30 aldeas, desde una base en Bahréin.
Expertos advierten que la extensión de los ataques al agua podría desencadenar un conflicto mucho mayor que el actual.
De este modo, el acceso y control del recurso hídrico se convierte en un factor crítico en el desarrollo y posible agravamiento del conflicto en Oriente Medio.
