jueves. 25.04.2024

A principios de 2009, Laurent Cohen recibió una llamada telefónica. Al otro lado, un interlocutor de la comunidad palestina de Cataluña (España) le propuso celebrar una reunión en algún punto de Barcelona. A miles de kilómetros, el Ejército israelí estaba lanzando un brutal ataque de castigo sobre la franja de Gaza, en respuesta al lanzamiento de cohetes de Hamás. La operación Plomo Fundido había comenzado el 27 de diciembre y desencadenó un mortífero despliegue por tierra, mar y aire para destruir infraestructura civil y militar. Puertos, sedes ministeriales, depósito de armas y una incipiente red de túneles usados por la organización islamista fueron reducidos a escombros. Más de 1.400 gazatíes resultaron muertos, casi 300 de ellos niños, frente a 14 víctimas israelíes.

En la reunión participaron una decena de judíos y palestinos afincados en Cataluña. Y todos ellos constataron algunas ideas concordantes sobre el conflicto que asola la región de Oriente Medio desde hace más de 75 años. La primera es que la violencia rebasaba los límites de lo soportable. Y la segunda, que el llamado conflicto israelo-palestino no es, como habitualmente se describe, la consecuencia de un enfrentamiento milenario entre dos religiones. Ni siquiera entre dos etnias. Y, por lo tanto, judíos y palestinos podían compartir el mismo análisis de la situación independientemente de su pertenencia a cualquiera de las dos comunidades. De aquel espíritu nació Junts, la Asociación Catalana de Judíos y Palestinos, la primera de España posiblemente que agrupe a ambos colectivos.

La constatación de que no se trataba de un conflicto étnico ni religioso ancestral no era un acto de voluntarismo. La propia biografía de Laurent Cohen lo certificaba. Cohen pertenece a una familia de judíos egipcios. Su padre, su abuelo, su bisabuelo y su tatarabuelo habían vivido en Egipto desde tiempo inmemorial. En Egipto había una notable comunidad judía perfectamente inserta en la cultura local. Hablaban árabe, comían la misma comida, escuchaban la misma música, trabajaban entre los árabes y estudiaban en universidades árabes sin el menor inconveniente. Hasta tenían nombres árabes. Ibrahim, su bisabuelo, y Yusef, su abuelo. “Había una comunidad judía muy importante y diversa, con diferentes orígenes”, explica Laurent Cohen en conversación telefónica desde Cataluña. La integraban judíos egipcios, pero también yemeníes, sefardíes expulsados de España y asquenazis de procedencia europea, sometidos durante siglos a la persecución. A todos ellos, Egipto les proporcionó refugio. De hecho, bajo el imperio otomano, la comunidad judía gestionaba sus propios asuntos a través de tribunales rabínicos que resolvían litigios comerciales o celebraban matrimonios y nacimientos.

“Hasta la disrupción colonial no hubo ningún problema entre las comunidades cristiana, judía o musulmana”, puntualiza Cohen. “En los países del imperio otomano no había más conflictos que los habituales. Nada que ver con la situación de los judíos en Europa, que sufrieron discriminación y antisemitismo”. Su familia acudía a la sinagoga y celebraba sus tradiciones culturales. “Mi abuela me cuenta que los judíos vivían en el país como uno más. Eran otra pieza en el mosaico, exactamente igual que los cristianos coptos y otras comunidades”.

Laurent Cohen, junto a Ada Colau en el Parlament catalán
Laurent Cohen, junto a Ada Colau en el Parlament catalán. (Fuente externa)

Todo cambió en 1948. Israel nació como Estado, cientos de miles de palestinos fueron expulsados de sus pueblos y el mundo árabe sufrió una convulsión social y política sin precedentes. El golpe militar y la revolución de 1952 complicó seriamente la situación en Egipto. Se nacionalizaron empresas y la comunidad judía empezó a sentir una creciente inseguridad en su propio país. La guerra del Canal de Suez, en 1956, y sobre todo la de los Seis Días de 1967 provocó una desbandada hebrea generalizada. “Mi familia salió en 1951 y se instaló en Francia”, relata Cohen.

Por su cabeza, nunca pasó emigrar al naciente Estado de Israel. “Yo siempre tuve claro que no tenía nada que ver con ese proyecto colonial”, asegura tajante. En los noventa recaló en Barcelona y aquí sigue treinta años después. La creación de Junts fue un paso coherente con su forma de entender la cuestión palestina y su compromiso ético y humanitario. “Vi que valía la pena intentar colaborar juntos para desarrollar un trabajo de divulgación y solidaridad”. En estos casi 15 años de actividad, la asociación ha organizado multitud de actos culturales y ha invitado a historiadores acreditados internacionalmente como Shlomo Sand o Yakov Rabkin. “Intentamos desmontar el relato oficial y los tópicos. No estamos en una posición de equidistancia bajo esa idea de que hay dos pueblos enfrentados históricamente. Para nosotros, lo que hay es una potencia ocupante y un pueblo ocupado”.

Laurent Cohen rechaza el nacionalismo sionista. En su opinión, la noción del “pueblo judío” es falsa. Los judíos polacos o egipcios, por citar dos ejemplos, solo comparten la religión, pero su cultura y su modo de vivir es diferente. “El sionismo transforma esa diversidad en un proyecto nacionalista, que va en contra de la historia judía”, subraya. Y se opone a que Israel monopolice la voluntad de los judíos diseminados por todo el mundo. “Me da rabia que en nuestro nombre esté llevando a cabo un genocidio”, asegura en relación a la operación militar sobre Gaza. Y mucho más que lo haga “en nombre de las víctimas” del holocausto nazi.

Salam es una palestina que lleva 36 años viviendo en España. Su familia abandonó Cisjordania ante el imparable deterioro de las condiciones de vida de los palestinos en los territorios ocupados. No participó en 2009 en la reunión fundacional de la Asociación Catalana de Judíos y Palestinos, pero se unió poco después. “Necesitábamos la otra voz. No solamente la palestina”, asegura. Sostiene que este proyecto ciudadano es “constructivo” y busca “difundir” y “sensibilizar” a la opinión pública sobre la “barbarie de la colonización”.

La comunidad palestina en Cataluña es “plural” y “diversa”, argumenta Salam. “No tenemos una orientación política sino social. No somos de Fatah ni de Hamás”, indica, en relación a las dos organizaciones más relevantes de los palestinos. “Aquí cabe todo el mundo. Nuestra bandera no es de un solo color”. Y asegura que sentarse con los judíos catalanes no representó ningún dilema. “Para nosotros, no es difícil. En Palestina, ya vivíamos con judíos autóctonos antes de 1948. Palestina es diversa. Allí es normal sentarte con un cristiano, un judío o un musulmán. Nosotros no tenemos color, ni etnia, ni religión. Somos seres humanos. En Palestina no hay un conflicto entre comunidades: hay una ocupación colonial”, señala.

La asociación combate la discriminación, el racismo y el antisemitismo, sea cual sea su procedencia. De hecho, el último comunicado conjunto colgado en su web, fechado el 20 de septiembre pasado, arremete duramente contra el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmud Abbas, por unas “declaraciones judeófobas”. En la nota, se muestra la más “profunda repulsa” por haber justificado el exterminio nazi al atribuir a la comunidad judía “prácticas usureras” y “dudosos negocios”, uno de los habituales prejuicios difundidos históricamente por el antisemitismo europeo.

En el colectivo, hay diversidad de procedencias y trayectorias políticas o sociales. Una de las mujeres judías integrantes de la asociación viajó a Israel en el año 1967 para apoyar al Ejército israelí frente a la coalición árabe, que acabó con la ocupación de Cisjordania, Jerusalén Este y Gaza, además de la península del Sinaí y los Altos del Golán. Dominique Salomon, de origen polaco y francés, cuya familia fue víctima del Holocausto nazi, regresó profundamente decepcionada con el “proyecto colonial” de Israel y decidió comprometerse en la lucha contra el apartheid palestino. “No solo los palestinos han sufrido y narran su historia. También judíos como ella”, explica Salam.

Laurent Cohen es consciente de que su posición es minoritaria entre la comunidad judía. Aunque está convencido de que cada vez hay más judíos “que se sienten mal al ver lo que está pasando”. En Estados Unidos, donde reside una de las poblaciones más numerosas hebreas fuera de Israel, las voces discrepantes crecen de forma constante. “Confiamos en que poco a poco habrá una toma de conciencia mayor entre las personas judías”, afirma. Se muestra muy crítico con el silencio cómplice de Europa, que atribuye a la “mala conciencia” por el genocidio nazi y el “pasado colonial” del continente.

La situación sobre el terreno hoy es dramática desde los sangrientos atentados del 7 de octubre perpetrados por Hamás. Miles de muertos y millares de viviendas palestinas arrasadas vislumbran un horizonte sombrío a corto plazo. ¿Qué solución se atisba en el futuro? Salam lo tiene claro. Para ella, las opciones de un Estado palestino son prácticamente inviables. “¿Qué queda de Palestina? ¿Un 20% de su tierra?”, se pregunta desolada. “Gaza está casi borrada del mapa y Cisjordania se encuentra llena de asentamientos judíos. Ya no hay forma de proclamar dos estados. Ahora solo es posible uno para judíos y palestinos donde todos tengamos los mismos derechos”, asegura.

Cohen tiene una opinión similar. “La solución de los dos estados ha muerto”, argumenta. La invasiva presencia de casi 800.000 colonos israelíes en Cisjordania hace prácticamente imposible la fundación de un estado palestino en los territorios ocupados. “Ningún Gobierno israelí tendrá el valor de sacar a los colonos de ahí”, señala el descendiente de judíos egipcios. “Y luego está la naturaleza del régimen sionista”, sostiene. “Israel votó en 2018 una ley fundamental que reconoce únicamente al pueblo judío el derecho de autodeterminación en el territorio de la Palestina histórica. No puede haber paz con un estado colonial”, aduce.

Desde su punto de vista, lo mínimo es la devolución de las tierras expoliadas y el retorno de los refugiados palestinos, tal como estipula la legislación internacional. “Tiene que haber derechos iguales para todos y un reconocimiento del daño hecho”, proclama. ¿Es posible una solución como esta después del odio y la desconfianza recíproca de décadas? “Tras el apartheid sudafricano se creó un estado donde todos los ciudadanos tienen los mismos derechos políticos. Y creo que esa es una inspiración para el futuro”, concluye.

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