sábado. 24.09.2022

Cuántas veces al día no te preguntas que haces aquí, porque siempre lo pensaste mucho antes de salir de tu país pero, sin duda, lo que resulta mas peregrino, inexacto y totalmente desleal fue la definición que te dieron del lugar antes de venir. Con una sonrisa en los labios, y un amplio abanico en las manos la frase decía que este era un país como otro cualquiera.

Todos los países tienen su cultura, sus pequeños nidos de costumbres que nadie alcanza a comprender pero que son así. Si los romanos convertían las costumbres en leyes, aquí no iban a ser menos, y es que el costumbrismo pesa mucho. Pero repasemos la cotidianidad del lugar, repasemos lo normal, lo inédito, lo que no tiene explicación, pero que todo el mundo da por sentado de que es simplemente así y no es motivo ni de crítica ni de discusión, porque es normal.

Te levantas a eso de las seis de la mañana, el sol ya ha salido a las cinco y media, si tuviste algo de vista y picardía te compraste cortinas lo suficientemente gruesas como para no dejar pasar esa luz intensa, cegadora, que a las seis de la mañana se cuela entre las costuras de la cortina dibujando en la pared una linea de puntos que señala la puerta. Sin remedio es la hora de levantarse, y te acercas al baño, esa única habitación de la casa sin aire acondicionado que te da una primera idea de la temperatura exterior, como estás acostumbrado no lo notas, pero el cuarto de baño está a unos quince grados por encima de la temperatura ambiente de tu casa.

Abres el grifo del agua fría y el agua que te echas a la cara de repente te parece caliente, insistes, y de repente las leyes de la termodinámica te atacan directamente a la mente para recordarte que afuera estamos a veintinueve grados durante toda la noche. El agua yace en un depósito en la puerta de tu casa y sin remedio alcanza los grados que tiene que alcanzar, incluso estando a la sombra y en reposo durante toda la noche. Es la hora de afilar el ingenio, como hombre previsor apagaste el termo eléctrico de cien litros que todo el mundo tiene en casa para cada cuarto de baño y gracias al aire acondicionado, a la lana de vidrio y al termo de marca italiana y con elementos sin ceramizar, te permites abrir el grifo de agua caliente que te regala agua fresquita con dosis de cloro, restos de cobre, acero y cal cercanos a los restos dejados en Vietnam. Después de una rociada de Napalm, te reanimas entre el olor a cloro y los restos de cobre; te miras al espejo para confirmar una vez más que se te cae el pelo más que nunca, probablemente debido al exceso de cloro, pero es eso o te quemas con el agua fría y te das la ducha en las mismas condiciones: agua caliente que sale fresca combinada con la fría que sale a temperatura de secadora industrial; te lavas el pelo y recuerdas aquella delicada selección de champú que hiciste para que la mezcla de agua y jabón fuese aceptable.

Desayunas con agua embotellada, un Nescafé que parece una de las pocas cosas universales junto con la CNN o la BBC. Nada de pan del día, si acaso lo sacas del congelador, porque con la cantidad de elementos químicos que tiene el pan de molde no te dura ni dos días al raso, es cuestión de ponerlo en el congelador a ver si así dura algo más. La cafetera a duras penas consigue hervir agua que contiene un índice de dureza cercana al diamante. Una tostada, una galleta y a la calle, coges las llaves del coche, y te diriges a la puerta. Cuando te acercas notas como el aire caliente se filtra a través de las grietas que dejan las bisagras en la puerta, hace calor, no es una cuestión de temperatura, pero sí de una combinación letal de temperatura y humedad que te hará sufrir durante el día y parte de la noche. Dejas encendido el aire acondicionado para que así al volver la casa este fresquita, eso sí, al mínimo porque con la potencia instalada podríamos curar jamones en el salón. La casa entera tiene un interruptor general de cien amperios, y es que el aire acondicionado tiene un consumo bestial y mucho más en las condiciones extremas a las que te vas a enfrentar.

Abres la puerta, la sensación térmica siempre me recuerda cuando hacia galletas con mi abuela y me mandaba abrir el horno para sacarlas, la galleta de calor es la misma. Son las seis y media de la mañana, estamos a veintinueve grados con una humedad mayor del ochenta por ciento, las gafas se te empañan y respiras hondo para aprender, como si estuvieses buceando, cuánto oxigeno te cabe cada vez que inspiras y te convences que te queda poco tiempo: corres, abres el coche, arrancas y te vas. Al coche nunca le cuesta arrancar, el motor sigue estando como mínimo a treinta grados y con poco que tengas de batería sale como un cohete, un veinte por ciento de la energía del motor la perderás al arrancar el aire acondicionado, aguantas la respiración para intentar evitar la ingesta de microorganismos que se acumulan en los conductos del aire acondicionado del coche y al mismo tiempo evitas infecciones de garganta y quien sabe que más.

Conduces con un cuidado extremo, de una manera defensiva, el objetivo es llegar al trabajo de una pieza, y te fijas en todo, lo miras todo, lo compruebas todo, lo vuelves a mirar y no sales del asombro: las señales de tráfico del colegio no tienen niños con cartera, los semáforos tienen secuencias que nunca viste en tu vida, la gente circula a velocidades que no sabías que se podían alcanzar en una zona residencial. La gente en bici circula por el carril contrario, nadie anda por la acera, no venden pañuelitos en los semáforos, ni periódicos, enciendes la radio para comprobar que funciona; siempre te enfrentas a los espectáculos lamentables de programas dirigidos a los niños que van al colegio o peor aún a una selección de música de los ochenta (esto parece ser una autentica fijación en esta ciudad). Decides poner la emisora que habla de negocios por cambiar: los que lo llevan hablan tan rápido y dan tantas cifras y referencias, saben tanto, que aburren.

En toda la travesía siempre pienso en lo mismo: ni un niño con cartera por la calle, ni un abuelo, ni una maría con la cesta de la compra o el carrito, nadie saluda a nadie, nadie conversa en la calle, y mucho menos un ciego, un sordo o un vendedor de loterías. Pero, sin duda, lo mejor viene cuando te paras en un semáforo, aquí nadie se hurga la nariz, todos miran de una manera despectiva, con aires de suficiencia y desprecio que te hacen pensar que el día que pinches aquí no para nadie a ayudar. Nadie cede el paso, te lo tienes que tomar, nadie se para en un paso de cebra, te lo tienes que saltar, y el que llega antes es el que pasa antes la rotonda, este códice no escrito pero que a modo de hermandad pirata, que no rociera, se lleva a rajatabla, una vez aprendido, es suficiente para sobrevivir.

Pero volvamos al semáforo, esta rojo, se pone verde y hay quien cree que esta en una prueba de clasificación de Fórmula 1, no escatima en quemar ruedas, en ello le va el orgullo. Al llegar al siguiente semáforo el verde de repente parpadea, y pasa a rojo. Entonces, te preguntas que ha pasado con el ámbar, ese color que te permitía saltarte el semáforo. Luego lo piensas y crees que es justo que no haya, sino imagínate el número de gente que se saltaría la señal.

Los autobuses del colegio son naranja, las ambulancias blancas, la policía verde, los coches de bomberos son verde limón, y todo el mundo lleva luces giratorias encima del coche, desde el camión de la basura, el del garaje que recoge pobres en la carreteras, hasta las fuerzas antidisturbios que son verde oscuro. Los autobuses de linea son rojos los de cualquier otro color no son de turistas, sino que transportan al proletariado, a ese grupo ingente de individuos que cada día levantan el país de sus arenas, pero que apenas si aparecen en ninguna estadística. Estamos en un país sin paro, sin accidentes laborales, sin minusválidos, sin sordos, ni ciegos, sin gente que camina con bastón, ni con una pierna rota ni escayolada, nadie vende lotería, ni periódicos en la calle. Yo debo de ser un bicho raro.

Este es un país como otro cualquiera
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