miércoles. 06.07.2022

El que no ve a Dios… cuando lo ve… ¿se asusta?

Darío Malaver relata en primera persona desde Abu Dhabi la profunda experiencia vivida durante el Rito de Unción de los Enfermos

No soy por motivo alguno una persona perfecta, muy por el contrario, mis errores y defectos hacen de mí el mejor candidato para el repudio, pero, por razones que sobrepasan el entendimiento humano, se me siguen revelando cosas que no se corresponden con mi estado actual. El dicho que aparece como título de esta carta al mundo hispano en EAU es muy colombiano, que regularmente aparece como una afirmación, no como una pregunta, pero hoy quiero preguntarme, y de paso preguntarles, si lo han visto. Y, en caso positivo, si se han asustado.

Bueno, no puede haber pregunta sin respuesta, no entre nosotros, ¿verdad?

Por razones inherentes a mi servicio y al amor que me ha venido llevando ver en las sonrisas ajenas -algunas no muy bien cuidadas y otras muy, pero muy, diría yo: escénicas, por no decir atractivas- el rostro de Quien me ha llamado a Servirle; he debido saborear las mieles de los relatos contenidos en el Diario de Santa María Faustina Kowalska en referencia a la Divina Misericordia, y, tal parece que mis preguntas y mis dudas merecen no respuestas verbales, sino gráficas, visuales -para ser preciso -.

Puedo decirles que quien desee saber en realidad de qué se trata ese Misterio insondable de la Misericordia de Dios, debería presenciar el Rito de Unción de un enfermo.

Hace poco una familia cercana -permítanme reservar su nombre- pasó por el dolor grande de ver a un ser querido e indefenso de su entorno cercano, rebajado al término ínfimo de la invalidez. Me refiero a un sin número de males, que juntos en un mismo momento y lugar pusieron a esa persona en una cama de hospital, en cuidados intensivos, aislada por completo, sin poder alimentarse por sí misma, sin poder expresarse por sí misma, sin poder movilizarse por sus propios medios y 'conectada' a unas máquinas de soporte vital. Conociendo que ésta persona acostumbra recibir Sagrada Comunión en la Misa mensual que en español se celebra, como un bello regalo en Saint Joseph's Cathedral (AUH), y entregando algo de bondad, mi ofrecimiento fue obviamente, llevarle a un Sacerdote.

El estrés y el dolor de la familia les puso en alerta pensando que el propósito de mi sugerencia era ofrecer al paciente el último de los Sacramentos -y me imagino que lo mismo está pasando por su mente, sea o no usted católico, mientras sigue estas líneas-. Este kit me lo ofrecieron en la Parroquia, en caso que usted no tenga uno disponible, Padre -le dije al Sacerdote al iniciar los preparativos -, gracias -me contestó mientras revisaba cuidadosamente el contenido, asegurándose que nada haría falta-. Padre -le dije - llevémosle Santa Comunión, en caso que pueda recibirla en su condición actual; claro -me dijo con una calma y un tono de voz indescriptible, lleno de paz-, ¿está completo? -pregunté-. Sí, sí, todo está aquí, vamos por el Santísimo -me dijo - y efectivamente, pasamos por el tabernáculo a Recogerlo.

En el camino al hospital la conversación con el Padre ocurrió de una manera un poco más analítica: Padre -le dije- no estoy muy seguro de la condición real del paciente, entiendo que está en un área aislada, le sugiero que al entrar evalúe su condición y me deje saber para explicar a la familia exactamente que ha de pasar, a menos que desee que le acompañe durante la Unción. Por supuesto - respondió - vienes conmigo. En ese momento mi corazón cambió su ritmo, sentí dentro una especie de ansiedad mezclada con expectativa y algo de incertidumbre, pues, aunque sabía de que trata el Rito de Unción de los Enfermos, no lo había presenciado nunca.

Con gusto -respondí tímidamente- y continuamos nuestro camino en un silencio profundo que se interrumpía con una que otra pregunta relacionada, en intervalos variados puesto que éramos conscientes que llevábamos el Santísimo Sacramentos con nosotros, la Santa Comunión, y en la presencia del Señor 'todo debe ser silencio y respeto' -me enseñaron mis padres en mi infancia -.

Llegando al hospital hicimos contacto con la familia y nos dispusimos al servicio, el guardia de la UCI -ICU en inglés- se prestó muy noblemente entendiendo la naturaleza de la visita, que expliqué yo en inglés dada las barreras lingüísticas del Padre, repórtense en el escritorio de las enfermeras y sigan sus instrucciones -explicó el hombre-, y nosotros, como buenos seguidores de las normas, eso mismo hicimos. Una vez en la habitación, algunas cosas empezaron a evidenciar la presencia del Señor en el lugar, las luces tenues, el aroma de limpieza profunda, el silencio total, y sobre todo, la actitud del Padre al saludar, la ternura en el tono de su voz y su llamado buscando alguna respuesta física, con los ojos o las manos del paciente me recordaron el momento previo a la Confesión y algunas preguntas vinieron a mí; se que en caso de ser posible se le ha de ofrecer al enfermo la posibilidad de preparar su alma tanto para recibir la Santa Comunión, como también en preparación para su momento final en este mundo...pero, ¿conmigo allí?

Mis ojos empezaron a escrutar la habitación en busca de un lugar apartado donde poder retirarme en caso de ser necesario. Evidentemente, no hubo lugar a ello, en cambio la escena que se me presentó me recordó una de mis clases de teología donde se explica que 'el ser humano debe poner su voz al servicio de la creación desvalida que no puede comunicarse para expresar sus necesidades' -habla, lógicamente, de la naturaleza; pero... ¿no es igual también y ahora el caso de esta indefensa persona en términos de la imposibilidad de comunicarse? Y, ¿cómo puede esta escena resumir una clase que me ha tomado seis meses leer y analizar? ¿Acaso se me empiezan ahora mismo a revelar cuestiones que no había divagado antes? Si el dicho 'una imagen vale más que mil palabras' se puede usar, este es el caso y el momento perfecto.

Se acerca el Padre para iniciar el rito de Unción, '¿cómo te sientes hoy? Vamos a bendecirte y a ungirte para que el Señor, actuando poderosamente en ti, te brinde tranquilidad, paciencia y para que haga en ti Su voluntad' -dice le Padre con voz calmada-.

Iniciamos con la señal de la Santa Cruz,  para prepararnos nos arrepentimos de nuestros pecados, y en su nombre nos sentimos nosotros increíblemente arrepentidos, ¿cómo puede esto estar pasando? ¿Cómo puedo yo sentirme arrepentido en nombre de una persona que no frecuento? ¿Cómo puedo yo estar 'prestando mi voz para que esta persona reciba el perdón a través de mi arrepentimiento?  -de nuevo pasa por mi cabeza con alguna fugacidad y precisión indescriptible aquella lección de la teología de la creación que mencioné antes-.

Recibo en mis manos el Santísimo Sacramento mientras el Padre continúa con las plegarias del Rito, mientras nos sumergimos en las oraciones veo al Padre aplicar el Óleo en la frente y las manos de este indefenso ser humano, pero hay algo aquí que me captura y que me atrae: la unción en la frente me recuerda inmediatamente la corona de espinas que pusieron a Jesús, y siento en mí mismo el dolor profundo que Él debió sentir, y la unción en las manos me hace ver los agujeros que los clavos dejaron en las manos del Señor, su dolor recorre mis sentidos y veo Su rostro reflejado en la cara del indefenso paciente que yace en la cama sin poder explicar sus sufrimientos.

El Padre limpia ahora sus dedos con un algodón mientras nos aprestamos a orar antes de la Comunión, le acerco el pequeño Copón ya abierto para que el Padre se la administre, el momento me transporta inicialmente al momento de la Santa Misa en que lo mismo sucede, y luego, como en un repentino flash, veo en las manos del Padre, las propias manos de Jesús, y recuerdo sus palabras: 'éste es Mi Cuerpo, que será entregado por ustedes y por muchos para el perdón de los pecados, hagan esto en conmemoración Mía' (Lc 22:19). El Padre separa un pequeño trozo y con suprema delicadeza lo pone en la boca de esta persona mientras dice 'recibe el Cuerpo de Cristo' y le aproxima un sorbo de agua para ayudarle en el proceso...

Veo pasar enfrente mío a Jesús, curando a ciegos, leprosos, paralíticos, perdonando a los pecadores que se acercaban a Él pidiéndole misericordia, resucitando a los muertos, mientras impávido Le sostengo en mis indignas manos, de alguna manera recuerdo súbitamente pasajes del diario de Santa Faustina, describiendo sus conversaciones personales con Cristo.

Y ahora vienen a mí las palabras que recito en la profesión de fe que me identifica como católico: 'creo en la comunión de los santos, el perdón de los pecados y la vida eterna'... ¿Cómo puede ser posible que en un corto momento como este, y de repente, todo empiece a tener sentido? Un sentido que yo pensaba estaba ya claro. En este instante me hice uno con la santa y con Cristo, entré en comunión con ellos. Es esto lo que los otros santos han relatado al describir cómo 'se abrió el cielo frente a mis ojos', ¡es realmente posible ver a los santos y a Cristo mismo en los demás!

El Padre le administra un segundo sorbo de agua mientras recitamos el Padrenuestro, y luego pronuncia la oración final. Le desea una recuperación pronta, recoge todo y lo pone de vuelta en el pequeño bolso de mano y salimos de la habitación. Al reunirnos con la familia en la sala de espera les digo: 'no se apuren, no hubo lugar a la Extrema Unción, el Padre solamente le Ungió con el aceite para los enfermos, oren fervientemente', el Padre les consoló animándolos a confiar en la voluntad del Señor y luego nos encaminamos de regreso a la Parroquia. En el camino rompí el silencio diciendo 'Padre, gracias porque hoy me ha mostrado algo que jamás había visto antes' pero no le expliqué que se trataba de la Misericordia de Dios, que el mismo Jesucristo.

Como siempre, he tardado un poco en 'digerir' todo cuanto ocurrió, y he dudado en cómo puede este relato ser recibido por una audiencia que vive de prisa en el afán del día a día; pero hay algo que puedo asegurarles, un par de días después, la familia recibió la orden de alta del hospital, y, aunque con cuidados especiales, el amor de la familia está ahora ayudando en la recuperación del paciente. Lo que presencié lo comparto pidiendo, como siempre, sus oraciones por mí y por los Sacerdotes, que sin importar la gravedad de nuestros seres queridos, ni los riesgos a los que físicamente se ven expuestos, siempre acuden al encuentro del necesitado, llevándoles al Señor, al Amor de los amores, al Redentor del mundo, a la Divina Misericordia...

El que no ve a Dios… cuando lo ve… ¿se asusta?
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