viernes. 21.06.2024

El lamento de mi impresora

"No deseché la idea de pedirle a un sacerdote amigo realizar un exorcismo para descartar fuerzas sobrenaturales malignas"

En el mundo de la ciencia-ficción, género del cual soy aficionado, tanto lector como escritor, hay un tema recurrente en novelas y películas, la llamada rebelión de las máquinas. Existe un temor indudable a los robots y los desarrollos de la inteligencia artificial, que llegado algún momento en el futuro, cobren conciencia y tomen revancha contra sus creadores y tiranos, es decir, nosotros los seres humanos.

Aunque siguiendo nuestra contradictoria naturaleza, es un temor morboso, pues a pesar de esa duda razonable, seguimos investigando y desarrollando máquinas que sean capaces de realizar acciones, hasta hace poco reservadas sólo para las personas. En los temas de ciencia, y esta vez, no sólo ficción, somos paradójicos, especulamos con la vida extraterrestre e imaginamos a civilizaciones alienígenas poderosas, que podrían resultar hostiles, pero sin embargo, enviamos al espacio exterior naves que llevan todos nuestros datos, historia, cultura e incluso nuestra dirección planetaria, por si quieren venir un día de estos.

Regresando al tema de las máquinas, que es mucho más cercano y real a la  eterna y anodina especulación sobre la vida extraterrestre, he tenido, parodiando el título de una película de Steven Spielberg, una experiencia del “tercer tipo” con la impresora en mi despacho. Desde hace varias semanas, a la hora de imprimir, el artefacto comenzó a emitir un ruido que inicialmente era suave, pero que luego iba subiendo en intensidad. Le pedí al ingeniero encargado del mantenimiento de los equipos de la oficina, que la revisara, estuvo toda una tarde, inspeccionando el interior de la impresora y no encontró nada anormal. La verdad es que su trabajo, el de imprimir, lo hace a la perfección y no encontró explicación al sonido.

El colmo de la situación, es que ese ruido muy similar a los momentos previos de afinación de los instrumentos de una orquesta sinfónica antes de iniciar un concierto, cuando todos desafinan al unísono o que podría ser el frenado urgente de dos trenes en dirección contraria, ha comenzado a dejarse escuchar, incluso cuando no hay orden de impresión. Así es, mientras estoy escribiendo o despachando los asuntos propios de mi trabajo, se deja sentir la impresora. Algo que no sólo exacerbaba los ánimos, sino que me inquietaba razonablemente.

"Todas las mañanas saludo a la impresora, como hago con las plantas, paso la mano por su lomo de plástico y le doy una leve caricia"

 

No deseché la idea de pedirle a un sacerdote amigo, realizar un exorcismo, para descartar fuerzas sobrenaturales malignas, pero seguramente el agua bendita, dañaría el artefacto y el gran problema es que estamos en austeridad absoluta, sin presupuesto para comprar otra máquina. Así que cuando comenzaba el concierto, sólo podía repetir mentalmente las iniciales de su marca, pues se trata de una Hewlett Packard, dado que no soy dado a repetir groserías de manera verbal.

Sin embargo, lo que me parecía un ruido grotesco, se ha convertido en una especie de lamento, al menos ahora lo interpreto de esa manera, así que he cambiado mi posición frente al aparato, ya no lo maldigo, ni siquiera mentalmente, por el contrario, todas las mañanas saludo a la impresora, como hago con las plantas, paso la mano por su lomo de plástico y le doy una leve caricia, cargo el papel con delicadeza y le agradezco por su fiel y puntual trabajo, que me permite no perder tiempo en mis tareas. He notado que ya se lamenta menos, cuando se expresa, lo hace en un tono moderado, mucho más amable.

Es probable que un día de estos, la impresora me hable y podamos conversar, entablando la primera relación entre una máquina inteligente y un hombre que no lo es tanto. En cualquier caso, sería un hito para la humanidad, mucho más amable que cuando Deep Blue le ganó una partida de ajedrez al campeón Garry Kasparov. Claro que también puede ser la señal indudable de que tanto trabajo me está afectando y necesito urgentemente unas vacaciones, así como le sucede a mi eficiente impresora.

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Dixon Moya es diplomático colombiano de carrera, en el rango de Embajador. Actual Cónsul General de Colombia en Chicago. Lleva un blog en El Espectador como Dixon Acosta Medellín, su identificación literaria, en el cual escribe de todo un poco: http://blogs.elespectador.com/lineas-de-arena/. En Twitter a ratos trina como @dixonmedellin 

El lamento de mi impresora