jueves. 25.04.2024

La mayoría silenciosa

Cuando el ciudadano se atreve a reclamar o solicitar que se le baje el ruido, se arriesga a enfrentarse a grupos que se transforman en hordas salvajes dispuestas a defender a toda costa su derecho al ruido.
El ruido en exceso es la primera forma de violencia de una persona contra otra y es algo que no podemos permitir. (pxhere)
El ruido en exceso es la primera forma de violencia de una persona contra otra y es algo que no podemos permitir. (pxhere)
Los fieles lectores de esta columna, recordarán que cerramos el año 2023, con un texto dedicado a la música y los ruidos. En cierta forma, voy a realizar una variación de aquella reflexión, para referirme a lo que llamaría la equivocada cultura del ruido, que afecta a todo el mundo, porque lo he experimentado en diversos destinos diplomáticos y al regreso a mi querido país.

Existe una mal entendida forma de diversión, que se identifica con el ruido extremo, al parecer entre más decibelios tenga la música que escuchamos, pareciera estar relacionado con el placer individual que disfrutamos. Es eso, o tenemos un distorsionado concepto de generosidad y deseamos compartir con todo el mundo, nuestro propio gusto musical, sin importar si estamos importunando e incluso haciendo daño a los demás.

Especialmente en festividades como las navideñas y de fin de año, el sentido del oído se afecta por la tendencia de vecinos e incluso desconocidos que pasan en sus vehículos, que parecen altoparlantes con ruedas, quienes se adueñan de calles y esquinas para dar rienda suelta a sus particulares gustos en materia de sonidos, que no necesariamente coinciden con los nuestros. Ahora bien, el tema no queda ahí, como las autoridades no suelen ejercer control sobre los ruidosos, porque no le ven problema a que unas personas celebren, cuando el ciudadano se atreve a reclamar o solicitar que se le baje el ruido, se arriesga a enfrentarse a grupos que se transforman en hordas salvajes dispuestas a defender a toda costa su derecho al ruido.

Sólo cuando son celebridades o personajes públicos o conocidos, quienes han sido víctimas de estas situaciones extremas de intolerancia, es que el tema recibe alguna atención en los medios de comunicación o las redes sociales, como le sucedió de manera reciente a la periodista Ana Cristina Restrepo. Recuerdo todavía estremecido, el relato del gran escritor Héctor Abad Faciolince quien dedicó una de sus columnas dominicales en El Espectador de Bogotá, a un inerme ciudadano, un profesor a cargo de su anciana madre, a quien casi matan sus vecinos, por un simple reclamo de bajar el volumen de la ensordecedora música que emitían.

Hay otras variaciones de esta falta de cultura ciudadana, con los adelantos tecnológicos, hacemos unas adaptaciones bastante curiosas de las posibilidades de comunicación. Hoy por hoy, no podemos hacer llamadas normales, sino que tienen que ser videollamadas y a todo volumen, lo peor de todo, en espacios públicos, como medios de transporte o restaurantes. He sido testigo, en salas de hospitales, en los cuales, la gente recibe o hace este tipo de llamadas, hablando a todo volumen, como si a los demás nos interesara saber sobre sus vidas, sin tener consideración si hay personas enfermas, esperando ser atendidas. Al parecer, no nos hemos enterado de que han inventado unos aparatos llamados audífonos con micrófonos, para tener conversaciones privadas.

Esbozo una pseudo-teoría sociológica, que los practicantes de estas formas poco civilizadas de convivencia son una minoría, pero una minoría ruidosa, que en cierta forma, acalla y atemoriza a la mayoría silenciosa, la cual debe reaccionar. Tengo entendido que actualmente hay un proyecto de ley, para comenzar a regular el tema del ruido en Colombia, sólo el hecho de que un congresista sea ponente de esa iniciativa legislativa, me hace felicitarle por la propuesta, que espero logre salir adelante y en el futuro, podamos ser ejemplo de civilidad y no de la violencia ruidosa, porque sin duda, el ruido en exceso, es la primera forma de violencia de una persona contra otra y es algo que no podemos permitir, si queremos aprender a convivir en sociedad.

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Dixon Moya es diplomático colombiano de carrera, escritor por vocación, lleva un blog en el periódico colombiano El Espectador con sus apellidos literarios, en el cual escribe de todo un poco: http://blogs.elespectador.com/lineas-de-arena/  En Twitter (a ratos muy escasos) trina como @dixonmedellin.

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