Adoro escribir y viajar, y de esa unión han nacido unos relatos que no pretenden otra cosa que transportar al lector a los lugares sobre los que escribo. Menorca es un lugar inspirador, tanto es así que ha sido la referencia que tomé para escribir la trilogía de 'El Ladrón de Secretos' y he pasado allí largos y calurosos veranos sólo aliviados por alguna que otra tramontana.
No hay nada comparable a llegar a Menorca en barco. El puerto de Mahón es el segundo puerto natural más profundo de Europa. Es grande, con una distancia de casi seis kilómetros desde la bocana a la colársega (cola) con aguas mansas a resguardo de la temible tramontana. Nada más entrar, a una velocidad suave ya empezamos a ver unos márgenes llenos de belleza, como una introducción a lo que nos espera en la isla. Vamos dejando pequeñas islas e islotes como la isla Plana o de la cuarentena o la isla del Rey con su edificio de color rojo antiguo hospital militar inglés. Mientras nos deslizamos vemos también las calas de la parte norte, como Cala Llonga o Cala Rata y ya en la orilla sur la imponente y bellísima Mahón. Dejamos atrás pueblecitos pesqueros llenos de restaurantes que parecen descolgarse al borde del mar, como Cales Fonts, o Es Castell, para llegar por fin a la zona de amarres con cientos de barcos atracados. Desde yates de lujo, a elegantes veleros pasando a las más humildes embarcaciones y alguna que otra golondrina (barcas de madera típicas de baleares)
Hay tanto que ver, que empezaría por el norte con Fornells a la cabeza. Bellísimo pueblo de pescadores rodeado por una costa abrupta con elevados acantilados, un pueblo donde la aparición en masa de los turistas, no interrumpe su ritmo pausado. Allí todo, menos los restaurantes, cierra entre las dos y las cinco. Pero es que la costa norte es espectacular con sus bellísimas calas, como cala Pregonda, cala Pilar o Cavallería.
Si seguimos hacia el oeste nos encontramos con cala Morell, pero no busques arena blanca y fina como en el sur, aquí las rocas se imponen en el paisaje y hay escaleras que bajan hasta el agua como si el mar fuera una inmensa piscina. Espectacular. Si continuamos hacia el oeste nos encontramos con Ciutadella, la segunda ciudad de la isla, con un centro histórico de gran belleza lleno de iglesias y casas-palacio. Su puerto es largo y estrecho y visto de noche desde un mirador que hay en lo alto, es espectacular con las luces de los restaurantes a los lados.
Siguiendo la línea de la costa nos dirigimos al sur y nos encontramos con calas de una belleza pictórica en las que los pinos llegan casi hasta el agua, sobre una arena blanquísima. Merece la pena cala Turqueta, con un agua turquesa limpia y fresca, o cala Macarella y Macarelleta, pero no hay que olvidar llevar buen calzado, porque para llegar hasta allí, hay que caminar un buen trecho entre la montaña llena de pinos. Son calas protegidas y no permiten los coches.
Continuamos y llegamos a cala Galdana. Sí, hay muchos hoteles alrededor, quizás demasiados, pero es tan preciosa… Desde el mirador se ve el perfecto semicírculo que forma flanqueada de dos enormes acantilados que quitan el hipo. Y si continuamos desde la misma cala podemos ir a cala Mitjana, otra belleza y cala Mitjaneta.
Seguimos bordeando la costa hasta Santo Tomás, una playa familiar de agua cristalina, y salimos del agua para adentrarnos en el pueblecito de Es Migjorn Gran. Merece la pena una visita y sobre todo ir a la exposición de pintura que organiza la ciudad, donde dentro de las casas, los artistas exponen sus obras. Me encanta la pintura, pero he de reconocer que lo que más me gusta de esa exposición es la posibilidad de entrar en las casas y admirar construcciones sorprendentes.
Me quedaría sin papel para seguir hablando de las calas de Menorca que tiene más que Mallorca e Ibiza juntas, pero Menorca es algo más que eso. Tiene una actividad cultural rica a la que además de teatro, música en las iglesias o museos, las fiestas típicas como el “jaleo”, muestran a expertos jinetes, mujeres y hombres, bailando sus caballos al ritmo de una banda de música. Los yacimientos arqueológicos de la isla, con sus Taulas y Talayots, nos muestran un pasado rico.
Y no puedo marcharme sin hablar de la rica gastronomía, dónde además de restaurantes sofisticados, encontramos casas de payeses reconvertidas que ofrecen la auténtica comida menorquina donde prima la calidad del producto.
Echo de menos la isla, pero que desde luego, volveré.
Hasta pronto.
